Iván agarraba el celular con mucha fuerza.
Después de tres días de puro infierno, el miedo y la rabia se le habían vuelto pura piedra en el pecho. Muy en el fondo, sintió un alivio que hasta le dolió: acababa de escuchar a Raina. Estaba viva. Seguía aguantando.
Con eso le alcanzaba. Mientras ella estuviera respirando, todavía había una oportunidad.
—¡Diego! ¡Saca el carro ahorita mismo!
—¡Iván! —le gritó Diego, poniéndosele enfrente para taparle el paso—. ¡Es una trampa! Está clarísimo que te e