A Raina le brillaban las lágrimas bajo la luna.
—Iván, no... por favor, bájate de ahí, ¡te lo suplico!
Cuando a Iván le faltaban apenas unos tres metros para llegar a ella, el secuestrador le picó al control remoto.
El brazo mecánico de la grúa giró bruscamente e Iván, sorprendido, salió despedido por la fuerza centrífuga.
—¡No! —el grito de Raina cortó el aire, lleno de puro terror.
De puro milagro, Iván alcanzó a manotear y se agarró del borde de la estructura.
Se quedó ahí colgando en el vac