Nada más colgar, Iván salió volando de la bodega.
El viento de la noche le pegó de frente, trayendo ese olor a metal viejo y humedad que se le colaba por la nariz.
Llegó a su carro casi corriendo y, mientras abría la puerta, susurró por el auricular:
—Diego, nos cambiaron la jugada. El nuevo punto es el muelle viejo del este.
—Entendido, voy para allá con mi gente ahora mismo.
Iván prendió el motor y salió quemando llanta sobre la grava.
Miró el reloj: eran las once con cuarenta y siete. Le qu