El tronido de la cachetada dejó a Lorena muda. Se llevó la mano a la mejilla, con los ojos pelados del susto, mientras un silencio pesado caía sobre todo el salón.
—Tú... ¿te atreviste a pegarme?
—Ay, perdona, se me soltó la mano —respondió Raina, sacudiéndose la muñeca con un cinismo impresionante—. Ya sabes que como no tengo clase, a veces se me olvidan los buenos modales.
—¡Gata asquerosa! —chilló Diana, yéndosele encima con las uñas por delante.
Raina se quitó justo a tiempo, con una agilida