El silencio de su despacho era tan denso como el humo del habano que flotaba en el aire. Mikhail Baranov estaba recostado en su sillón de cuero negro, el respaldo inclinado hacia atrás con arrogancia y el brazo derecho descansando sobre el apoyabrazos, mientras sostenía un vaso de cristal con whisky escocés añejado por más de veinticinco años. El dorado del licor brillaba bajo la tenue luz del candelabro de hierro forjado que pendía del techo como si fuera el trono de un rey moderno.
Sus ojos a