El aire dentro de la Mansión Dubrovskaya parecía cargado de veneno. La noche había caído sobre Moscú, oscura y silenciosa, como si la ciudad misma se preparara para ser testigo de una conspiración. Las luces tenues de la sala iluminaban a Veronika, que se encontraba sentada con la espalda recta en uno de los sofás de terciopelo carmesí. Sostenía una copa de coñac en una mano, mientras la otra descansaba sobre su regazo, inquieta.
Frente a ella, el imponente Vadim Dubrovsky —su padre— la observ