RUSIA
La mañana se abrió paso entre las nubes grises de Moscú como un susurro lejano. El sol apenas se atrevía a tocar la ciudad que jamás dormía del todo. En la Mansión Baranov, los muros respiraban silencio, y solo el murmullo de las hojas mecidas por el viento interrumpía la calma de aquella fortaleza moderna.
Mikhail se encontraba en su despacho, sentado frente a la mesa de roble negro, revisando informes que habían llegado desde Berlín y Dubái. Las negociaciones avanzaban con precisión q