La noche había caído con un peso solemne sobre Moscú. La lluvia, que durante el día había golpeado sin cesar las ventanas de la ciudad, ahora se había reducido a un murmullo leve, como un susurro que anunciaba la calma antes de la tormenta. En El Cairo, sin embargo, a miles de kilómetros de distancia, Kareem Al-Hafez se encontraba en su salón privado, rodeado por alfombras persas, cristales de vino y el silencio expectante de sus hombres.
Sobre la mesa de ébano, una carpeta esperaba. Uno de sus