La noche había caído con un peso solemne sobre Moscú. La lluvia, que durante el día había golpeado sin cesar las ventanas de la ciudad, ahora se había reducido a un murmullo leve, como un susurro que anunciaba la calma antes de la tormenta. En El Cairo, sin embargo, a miles de kilómetros de distancia, Kareem Al-Hafez se encontraba en su salón privado, rodeado por alfombras persas, cristales de vino y el silencio expectante de sus hombres.
Sobre la mesa de ébano, una carpeta esperaba. Uno de sus informantes se inclinó con respeto y depositó un documento sellado con discreción. Kareem lo abrió, y al leer las primeras líneas, sus labios se curvaron en una sonrisa cargada de triunfo.
—Así que… Mikhail Baranov aceptó la invitación —susurró, con la voz tan suave como el filo de una daga—. Y Alexandra Morgan también… —sus ojos brillaron con un fuego oscuro, el de un estratega que veía todas las piezas moverse justo como había planeado.
El hombre no se apresuraba, no necesitaba hacerlo. Sabía