El cielo de Moscú se teñía de un gris metálico cuando el automóvil negro cruzó las verjas de hierro forjado de la Mansión Orlov. La arquitectura del lugar, majestuosa y solemne, parecía guardar siglos de secretos entre sus muros de mármol y columnas imponentes. Alexandra observó por la ventanilla, en silencio, mientras los neumáticos se deslizaban sobre la grava húmeda del sendero. El frío calaba aún dentro del coche, pero lo que más pesaba en su interior no era la temperatura, sino la concienc