La mañana se deslizaba lentamente en Moscú, con un sol tímido que apenas lograba filtrarse entre las nubes. En la Mansión Baranov reinaba un silencio que parecía contener la calma después de la tormenta, como si las paredes supieran guardar secretos.
Alexandra se encontraba en la biblioteca, sentada en un diván junto a una ventana que dejaba entrar la luz grisácea. Tenía un libro abierto sobre sus piernas, aunque no había pasado página en varios minutos. Su atención estaba dividida: cada tanto,