El amanecer en Moscú apenas insinuaba su luz pálida a través de las gruesas cortinas de la suite privada de Mikhail Baranov. El hombre estaba sentado en el sillón frente a su escritorio, aún vestido con la camisa negra de la noche anterior, la cual tenía el primer botón desabrochado, revelando un destello de piel bronceada. Sus manos sostenían un vaso de cristal con vodka, pero el líquido permanecía intacto. No lo había llevado a sus labios; lo único que tenía su atención era el pensamiento obs