El amanecer en Moscú apenas insinuaba su luz pálida a través de las gruesas cortinas de la suite privada de Mikhail Baranov. El hombre estaba sentado en el sillón frente a su escritorio, aún vestido con la camisa negra de la noche anterior, la cual tenía el primer botón desabrochado, revelando un destello de piel bronceada. Sus manos sostenían un vaso de cristal con vodka, pero el líquido permanecía intacto. No lo había llevado a sus labios; lo único que tenía su atención era el pensamiento obsesivo que llevaba horas taladrando su mente.
Alexandra Morgan.
El simple nombre bastaba para que un incendio le recorriera las venas. La veía, una y otra vez, en ese vestido de la cena empresarial, caminando con seguridad entre la multitud, atrayendo todas las miradas… pero, sobre todo, la de Antonov. Ese maldito Antonov, con su sonrisa medida y ese aire de quien cree tener todo bajo control. Mikhail apretó la mandíbula, sintiendo el frío peso de la impotencia.
No era amor lo que lo carcom