El murmullo constante del salón volvía a ganar fuerza tras la inesperada tensión que había provocado aquel baile entre Alexandra Morgan y Mikhail Baranov. La música retomó su ritmo elegante, las copas tintineaban, y las conversaciones parecían fluir como si nada hubiese pasado, aunque todos sabían que aquel intercambio de miradas había sido cualquier cosa menos inofensivo.
Alexandra, aún con el pulso acelerado, regresó a la mesa de Antonov. Él la recibió con una sonrisa tranquila, como si no hubiera notado —o fingiera no notar— la tensión que aún se aferraba a su respiración.
—¿Todo bien? —preguntó, con ese tono suave que usaba para mantener las aguas calmas.
—Perfectamente —respondió ella, recobrando la compostura mientras se sentaba a su lado.
Antonov, sin apartar la vista de ella, hizo una seña a un camarero.
—Creo que necesitas algo para relajarte —dijo, y en cuestión de segundos, una copa de vino tinto reposaba frente a Alexandra.
Ella tomó el cristal entre sus dedos, sintiendo e