El silencio que envolvía la habitación no era incómodo, sino denso. Intenso. Cargado de todas las emociones que no habían dicho en voz alta. Aleksei mantenía a Brooke entre sus brazos, ambos aún recostados sobre la cama, con las respiraciones entrecortadas y los cuerpos envueltos en el calor de lo no dicho. La miraba como si verla no fuera suficiente. Como si necesitara memorizar cada pestañeo, cada línea de su rostro.
—No puedo fingir que esto no pasó, Brooke —dijo él al fin, con la voz grave,