La mañana era serena, pero el pecho de Aleksei ardía con una mezcla de nerviosismo y deseo apenas contenido. Llevaba un buen rato frente a la puerta de la casa de Brooke, con los nudillos casi entumecidos de tanto apretar y soltar el puño sin decidirse a llamar. Finalmente lo hizo. Unos segundos después, la puerta se abrió y apareció la madre de Brooke, con el rostro aún adormilado, pero una mirada atenta que lo escaneó de arriba abajo.
—¿Aleksei, verdad? —preguntó con una ceja alzada.
Él asint