El sonido agudo de un llanto rompió el aire de la sala.
Y en ese instante, el mundo entero se detuvo.
Brooke apenas podía respirar. El cuerpo agotado, el pecho sacudido por sollozos que no sabía si eran de alivio, de felicidad… o de pura incredulidad.
Unos segundos después, escuchó las palabras que había temido no oír jamás:
—Está perfecto. Un bebé sano. Felicidades, mamá.
Las lágrimas brotaron con tal fuerza que no pudo ni responder.
Solo sollozó, temblando.
Cuando le colocaron al pequeño sobr