El café era un refugio vibrante en medio de la ciudad, un lugar donde los aromas dulces se mezclaban con la conversación animada de los clientes. Enzo Bourth y Amatista estaban en el centro de atención, ocupando dos sillas al frente de una mesa amplia. A su alrededor, Massimo, Emilio, Mateo y Paolo los flanqueaban, mientras el resto del grupo, compuesto por hombres y mujeres, se dispersaba más relajado hacia los extremos. Sin embargo, las miradas insistentes de Antonio, Santiago y Pedro permane