Las semanas en la casa del lago habían tejido una frágil pero resistente red de normalidad. Los días se estructuraron alrededor de las terapias de Felipe, los juegos de Abraham y Renata en el jardín, y las comidas compartidas donde la tensión inicial había dado paso a conversaciones tranquilas. Enzo aprendió a cambiar pañales con la misma precisión estratégica con la que una vez dirigió sus negocios, y Amatista comenzó a anticipar sus gestos, a comprender el lenguaje silencioso de sus miradas.