Dos años. Veinticuatro meses que se habían deslizado con una suavidad que antes les hubiera parecido un sueño inalcanzable. En la Mansión del Campo, el tiempo no se medía en guerras o negocios, sino en las estaciones que pintaban los bosques, en los centímetros que crecían los niños y en la paz que se había arraigado tan profundamente que era el latido mismo de la casa.
El jardín, ese mismo que había sido testigo de sus primeros pasos titubeantes como familia reconstruida, estaba transformado.