Mundo ficciónIniciar sesiónCuando su madre murió, lanzó una maldición para protegerla. El elegido fue el último hombre al que debería haber confiado su vida. El alfa Ronan Haro. Un lobo milenario, frío y solitario, obligado por la magia a acudir cada vez que ella está en peligro, pero el destino tenía otros planes. La noche en que él aparece para salvarla de unos cazadores, sus almas se reconocen de inmediato. Son mates. Ahora la joven loba debe aprender a vivir junto al alfa más temido de todos, un hombre que parece guardar secretos más oscuros que la misma noche. Y mientras la maldición de la luna roja los obliga a unirse una y otra vez, ella comienza a descubrir que su destino está ligado a un pasado lleno de traición, poder… y mentiras. Porque a veces el verdadero peligro no es el monstruo que todos temen. Sino el que nadie sospecha.
Leer másEn cuestión de segundos, el enorme lobo negro ocupaba su lugar. Era imponente. Más grande que cualquier otro lobo de la manada. Su pelaje oscuro parecía absorber la luz del bosque, y sus ojos brillaban con una ferocidad que hacía evidente por qué nadie se atrevía a desafiarlo.Aquella bestia rugió, y atacó. La criatura saltó hacia adelante con una velocidad brutal. Sus enormes garras se estrellaron contra el cuerpo del lobo con un golpe seco, Ronan respondió con un gruñido profundo. Sus colmillos se cerraron sobre el hombro de la bestia.El Vargor chilló con furia y se retorció, lanzando un golpe con su otra pata. La garra atravesó el costado del lobo mientras que la sangre brotó de inmediato, Lyra ahogó un grito.—¡Ronan! —el alfa no retrocedió. Solo volvió a lanzarse contra la criatura. Sus mandíbulas se cerraron esta vez sobre el cuello del Vargor, tratando de alcanzar la garganta bajo aquella piel gruesa como corteza mientras la bestia se revolvió violentamente.Sus garras g
La luz del amanecer atravesaba los altos ventanales del pasillo principal, proyectando sombras largas sobre el suelo de madera oscura. El lugar estaba tranquilo, casi demasiado tranquilo para alguien que había pasado la noche luchando contra sueños inquietos.Lyra se detuvo frente a una puerta de roble oscuro. Sabía perfectamente qué había detrás. La oficina de Ronan.Sus dedos se movieron con nerviosismo sobre la tela de su vestido mientras intentaba reunir el valor para tocar. El recuerdo de la noche anterior seguía fresco en su mente: las velas encendiéndose, el calor extraño recorriendo su brazo, la sensación de que algo dentro de ella había despertado.Lo reconfortante fue tenerlo a él. Haber despertado confundida, aterrada… y haber buscado refugio en sus brazos sin pensar. Aquello la hacía sentirse aún más incómoda ahora, Lyra inhaló profundamente. Finalmente levantó la mano y golpeó la puerta con suavidad.—Adelante.La voz grave de Ronan llegó desde el interior, Lyra ab
Cuando la noche cubría por completo las calles solitarias de la manada, Ronan caminaba con sus manos en sus bolsillos ese pequeño camino de piedras que lo llevaba hasta la mansión mientras que el bosque estaba sumido en un silencio profundo, interrumpido solo por el susurro del viento entre las copas de los árboles.La conversación con Aarón aún resonaba en su mente. Durante décadas había creído que el linaje Blackwell estaba extinguido. Había pensado que finalmente se había liberado de aquella sangre maldita que había marcado su existencia, pero ahora una de ese linaje dormía bajo su techo. Ronan empujó la puerta principal de la mansión y entró. El interior estaba oscuro y silencioso. Todos dormían. El alfa avanzó por el pasillo con pasos firmes, pero en cuanto puso un pie sobre la escalera, algo lo hizo detenerse.Un grito.Era débil, pero lo suficientemente como para que su oído de lobo lo reconociera de inmediato. Provenía del piso superior, y allí solo habia una persona: Lyr
Para él, aquello no era un evento digno de atención. Era simplemente otra muestra del orden natural de la manada: miedo, respeto y sobre todo, la jerarquía. —Por favor —lloriqueo la mujer. Lyra al ver que nadie hacía nada dio un paso al frente. Miró al niño que parecía al borde del llanto, y luego a la mujer que no paraba de suplicarle a un indiferente Ronan. —No pasa nada —susurró Lyra con voz suave. Provocando que la mujer la mirara con sorpresa a lo que ella le brindó una sonrisa—. De verdad. Solo fue un choque —le restó importancia—. Solo debes tener más cuidado la próxima vez —añadió con amabilidad. El pequeño asintió rápidamente. —Sí… si, señora. La mujer aún parecía confundida, como si no estuviera segura de si aquello realmente había terminado, Ronan observó la escena en silencio. Sus ojos pasaron de Lyra al niño, y luego a la mujer antes de hacer una seña con su cabeza al guardia para que la soltara. —Levántate —habló finalmente, y la mujer inmediatamente lo hiz
El sol de la mañana se filtraba por las altas ventanas del desayunador, bañando la mesa de madera con una luz tibia que hacía brillar la porcelana y la fruta fresca colocada en el centro, Lyra estaba sentada sola, como era de costumbre para ella, quien aún no se acostumbraba al silencio de la enorme casa de Ronan. El lugar era demasiado grande, elegante y sobre todo distinto al pequeño refugio donde había vivido con su madre. Tomó un trozo de pan con mantequilla y lo llevó a la boca, tratando de concentrarse en el desayuno. Su mano se detuvo sobre la segunda barra de pan al escuchar pasos acercarse, no eran los de Elizabet. Estos eran firmes y pesados, Lyra levantó su cabeza y el aire quedó atrapado en sus pulmones. Ronan acababa de entrar al desayunador. Vestía únicamente un short deportivo oscuro que descansaba bajo sus caderas, dejando al descubierto un torso amplio y poderoso que parecía tallado por las manos de un escultor obsesivo. Sus hombros eran anchos, su pecho sólido,
—El polvo vuelve al polvo… y la vida regresa al silencio del que vino —dijo la voz del sacerdote que resonó suavemente dentro de la pequeña cripta de piedra.Las velas colocadas alrededor del ataúd iluminaban el lugar con una luz tenue y temblorosa. Las sombras danzaban sobre las paredes, alargando las figuras de quienes estaban presentes.No eran muchos. Solo el sacerdote, dos guardias de la manada, Lyra y Ronan. El ataúd de madera oscura descansaba sobre una plataforma de piedra en el centro del recinto. Sobre la tapa habían colocado flores blancas, frescas, cuyo perfume apenas lograba suavizar el frío olor de la cripta.La sacerdotisa Blackwell descansaba allí dentro. El sacerdote cerró lentamente su libro de oraciones y levantó la mirada hacia Lyra.—Las despedidas son difíciles, mi niña —dijo con voz tranquila—, pero también son necesarias para que el espíritu encuentre descanso —ella permaneció de pie frente al ataúd. Sus manos estaban entrelazadas frente a su cuerpo, tan
Último capítulo