Mundo de ficçãoIniciar sessãoCuando su madre murió, lanzó una maldición para protegerla. El elegido fue el último hombre al que debería haber confiado su vida. El alfa Ronan Haro. Un lobo milenario, frío y solitario, obligado por la magia a acudir cada vez que ella está en peligro, pero el destino tenía otros planes. La noche en que él aparece para salvarla de unos cazadores, sus almas se reconocen de inmediato. Son mates. Ahora la joven loba debe aprender a vivir junto al alfa más temido de todos, un hombre que parece guardar secretos más oscuros que la misma noche. Y mientras la maldición de la luna roja los obliga a unirse una y otra vez, ella comienza a descubrir que su destino está ligado a un pasado lleno de traición, poder… y mentiras. Porque a veces el verdadero peligro no es el monstruo que todos temen. Sino el que nadie sospecha.
Ler mais—No… por favor… no te acerques.
La voz de la mujer se quebró en medio del viento helado. Su espalda chocó contra el tronco de un árbol seco. La corteza rasgó la piel de sus hombros cuando intentó retroceder un poco más, pero ya no había espacio. El bosque había terminado mientras que el claro se abría detrás de ella como una trampa iluminada por la luna roja, que colgaba sobre el cielo nocturno como si marcara aquel momento con algo más que sangre. Frente a ella estaba él. El alfa Ronan, alto, fuerte, inmóvil y silencioso. Su presencia parecía absorber el aire del bosque. La nieve crujía bajo sus botas cuando avanzó un solo paso, y ese pequeño sonido bastó para que el terror se extendiera por el cuerpo de la mujer como hielo. Ella temblaba, pero no solo de miedo. Por su sangre corría un veneno que ardía desde adentro por todas sus venas rojizas. Cada respiración le costaba más que la anterior, y los latidos de su corazón empujaban la muerte un poco más cerca. La loba levantó la cabeza, con ojos azules brillando con lágrimas acumulada, no había escapatoria. —Ronan… —susurró, apenas respirando—. Tú… tú no tienes que hacer esto. El alfa milenario no respondió. Su mirada gris descendió lentamente hacia la sangre que manchaba la nieve alrededor de la mujer. Luego volvió a mirar su rostro, Ronan no tenía odio en su expresión, sino más bien una determinación implacable, fría como la misma nieve que empezó a caer. —Estás muriendo —dijo finalmente con aquella voz ronca que la hizo estremecerse. La mujer soltó una sonrisa débil. —¿Te sorprende? Ronan no cambió de expresión. Ella apoyó una mano contra su costado. Sus dedos estaban empapados en sangre. —Pensé que vendrías antes… —murmuró—. El gran alfa… el lobo más antiguo… cazando a una loba solitaria. El silencio que siguió fue pesado, mientras que el viento movía las ramas de los árboles detrás de Ronan quien dejó salir sus relucientes garras y en ella se reflejó la luz rojiza de la luna. La mujer lo vio, y su respiración se volvió errática. —Entonces es verdad… —susurró—. Vas a matarme. El alfa no negó. —Sí. Una palabra que fue más una sentencia para la loba. Por el rostro de ella se deslizó una lágrima. —¿Por qué…? Ronan la observó con frialdad. —Porque no puedo permitir que vivas lo suficiente para que tu poder caiga en manos equivocadas en el estado que te encuentras. —¡Yo no he hecho nada! —su grito rompió el silencio del bosque.—¡No soy una amenaza para ti! Ronan dio un paso. Ahora lo suficientemente cerca como para que ella pudiera ver el frío absoluto en los ojos grises del alfa. —No —dijo él—. Pero tu linaje si lo es. El miedo atravesó el rostro de la mujer convirtiéndose enseguida en desesperación. —¡Mi hija no tiene nada que ver con esto! —expresó como pudo mientras los ojos del alfa brillaron un instante. —Precisamente por eso —murmuró, y ella sintió que el mundo se derrumbaba. —No… —negó con su cabeza—. No la nombres —su voz se volvió un susurro roto—. Es solo una joven loba… apenas entiende este mundo… no sabe nada de lo que soy… lo que somos ella y yo. Ronan apretó la mandíbula, y por un momento el viento dejó de soplar. —Ese es exactamente el problema. Ella será fácil de manipular por cualquier persona, no puedo permitir que ese don de tu linaje quede en manos de cualquier persona —gruñó. La mujer dejó escapar un sollozo. —Ronan… escúchame… si me matas… nadie sabrá lo que realmente pasó esta noche —susurró, pero el alfa no reaccionó. Ella levantó la mirada lentamente.—Todos creerán que tú lo hiciste. Las palabras flotaron en el aire helado, y la mujer sonrió con tristeza. —Dirán que el gran alfa Ronan mató a una loba indefensa… que derramó su sangre bajo la Luna Roja. Los ojos de Ronan se oscurecieron, pero no negó. —La historia siempre necesita un villano. La mujer dejó escapar una risa rota. —Entonces… así será. Sus rodillas golpearon la nieve, pero antes de su muerte, ella enterró sus manos en la tierra helada. Algo en el aire cambio enseguida, Ronan lo sintió y el bosque se volvió demasiado silencioso. —No lo hagas —advirtió el alfa, pero la mujer cerró los ojos. —Madre naturaleza… —susurró, y el suelo empezó a vibrar. Las hojas de los árboles temblaron, mientras que las raíces debajo de la tierra despertaron, Ronan dio un paso al frente. —Detente —ordenó, pero ya era tarde. La energía de la naturaleza respondió al llamado desesperado de la loba, y las hojas que antes brillaban empezaron a secarse. Las ramas se quebraron, y la nieve alrededor se derritió. La vida estaba siendo drenada, absorbida y esa zona empezaba a morir, Ronan sabía del poder del linaje Blackwell, pero aún así su ceño se frunció. —Estas gastando lo poco que te queda de vida —le dijo, y ella abrió sus ojos mientras que su rostro palideció, pero su mirada ardía. —No necesito vivir para protegerla —el viento alrededor estalló sobre ellos, y la tierra se agrietó. Las raíces se retorcieron bajo la nieve—. Si mi hija… —su voz tembló—, mi pequeña loba… alguna vez corre peligro… —la raíz corrió como serpiente. Ronan sintió el poder acumularse. —No hagas esto —pidió, pero ella gritó con lo último de su vida. —¡Entonces el alfa Ronan acudirá a ella! —el suelo tembló violentamente, y la raíces se lanzaron hacia el alfa. —¡Que la proteja! —en los fuertes brazos del alfa aparecieron marcas rojizas que ardían, y el dolor atravesó sus venas como hielo creciendo dentro de su sangre—. ¡Que acuda sin importar dónde esté! El viento rugió entre los árboles secos. —¡Y cada luna roja su vida dependa de ella! —el poder explotó, y las raíces se apretaron más contra el cuerpo de Ronan quien rugió en el momento que la maldición se hundió en su sangre. Solo en ese momento el bosque volvió a quedar en silencio. La mujer cayó hacía atrás sobre la nieve, y su pecho subió una vez más, luego otra y después nada. Había muerto, Ronan permaneció inmóvil en medio del claro. El alfa milenario observó el cuerpo de la loba durante unos segundos, y luego cerró sus ojos con frustración mientras una mano pasó por su corto cabello negro. —¡Maldita sea! —gruñó sintiendo el dolor aún quemando dentro de sus venas. Podía sentir la maldición en su sangre, se encontraba vinculado a alguien, lo sentía el tirón dentro, invisible mientras su lobo Conan gruñía dentro de su mente. Su mente se nublo enseguida. Era una visión que apareció sin previo avisó, el bosque oscuro, un arroyo congelado, y una mujer joven escondida detrás de una piedra, ella tenía miedo. Cubriendo su boca para no llorar, y sombras moviéndose muy cerca: cazadores. La visión desapareció, Ronan se debatía entre ir o dejarla morir. La furia cruzó sus ojos, no iba a aceptar una maldición, no era la primera que cargaba. —No —gruñó intentando ignorar el tirón dentro de él, pero Conan rugió dentro de su mente. —Ve —gruñía el lobo en su interior, y la presión apareció inmediatamente, Conan enterraba sus garras en su mente—. Ella está en peligro —le dijo. Ronan apretó los dientes. —No me importa —empezó a caminar al lado contrario, pero el tirón fue más fuerte. Como si algo en su sangre estuviera tirando de él. La maldición, Ronan miró una última vez a la mujer—. Ni siquiera entiendo lo que hiciste. El alfa entendió que no podía escapar de la maldición. Dio la vuelta hacia el tirón, y su cuerpo enseguida empezó a cambiar, le crujieron los huesos, la piel se desgarró y un enorme lobo negro aterrizó sobre la nieve. Sus ojos grises reflejaron la rabia y la luna de sangre sobre su cabeza. Aquella bestia negra alzo su cabeza, el viento trajo el olor de la mujer. No importaba donde estuviera siempre iba a poder encontrarla. Empezó a correr rápido, con el peso de sus patas rompiendo ramas y todo a su paso. Era un animal majestuoso, imponente que representaba a la perfección al alfa milenario, Ronan Haro.—No… —gruñó entre dientes.Su mano grande subió hasta el cuello de ella, buscando el pulso con dedos que temblaban ligeramente. Ahí estaba. Débil. Irregular. Peligrosamente tenue.Cedric se acercó cojeando, aún presionando la herida en su costado.—¿Está…?Ronan no levantó la mirada. Sus ojos grises permanecían clavados en el rostro pálido de Lyra.—Viva —respondió, pero la palabra sonó hueca, como si ni él mismo se lo creyera del todo—Llama a Mael —ordenó entonces, la voz baja y tensa, al borde de quebrarse—. Ahora.Cedric no dudó. Giró sobre sus talones y desapareció hacia el interior de la mansión, dejando un rastro de sangre en las piedras, Ronan se quedó solo con ella con su cuerpo inerte entre los brazos fuertes. (…)—¿Despertará? —preguntó Ronan, con la voz más baja de lo habitual, casi un gruñido ronco que temía romper algo frágil con solo hablar—. ¿Va a estar bien?Mael no respondió de inmediato.Sus manos flotaban a pocos centímetros sobre el cuerpo de Lyra, moviéndose con
—Lyra, vuelve dentro. Ahora —gruñó Ronan al verla. Su voz fue una súplica, pero debajo de ese tono dominante latía algo que rara vez permitía que otros vieran: miedo puro, crudo y visceral. El aire seguía denso, saturado de esa magia oscura que vibraba como un eco venenoso tras el ataque. La tierra bajo sus pies permanecía resquebrajada, surcada por grietas irregulares, Cedric a unos metros, lograba incorporarse con dificultad, presionando una mano contra el costado donde la sangre seguía escurriendo lenta y espesa, tiñendo su camisa de un rojo oscuro. Lyra permanecía descalza sobre la piedra fría del frente, con el cabello oscuro cayendo en ondas desordenadas sobre sus hombros pálidos. Parecía fuera de lugar entre los restos de la batalla… y, al mismo tiempo, era el centro exacto de todo. No respondió a Ronan. Ni siquiera lo miró. Sus ojos azules, ahora más profundos y oscuros en los bordes, estaban fijos en los tres hombres que se erguían frente a ella. Y ellos… la miraban
Cedric se puso en pie con una agilidad felina. Sus movimientos, que hasta hace apenas unos minutos habían sido lentos y cargados de una devoción casi reverente, se volvieron precisos, militares, despojados de cualquier rastro de duda. Sus manos buscaron sus pantalones deportivos, deslizándose en ellos con una rapidez mecánica mientras su mente ya estaba afuera, analizando el perímetro. Sus oídos, agudizados por su naturaleza lobuna, habían captado una disonancia en la noche. Un silencio antinatural que rodeaba la mansión, se volvió hacia Kilani. Su mirada, que hace instantes era cálida, ahora era el reflejo de una autoridad helada. —Quédate aquí —sentenció él, su voz era un tono bajo pero con una firmeza que no admitía réplicas. Kilani lo miró con algo que superaba el miedo. Era intuición. Una comprensión visceral de que, aunque Cedric estuviera allí, físicamente presente, su mente ya estaba librando una guerra. —Cedric… —su voz fue un hilo, una súplica muda por seguridad. É
Cedric soltó un sonido entrecortado que fue mitad gruñido, mitad suspiro. Si ella quería eso, ella lo tendría.Se movió hacia ella, sus manos liberando una muñeca para poder bajar y rasgar la tela que separaba su piel de sus manos hambrientas. No hubo paciencia. El tejido cedió, y él pudo finalmente acceder a ella. Sus labios buscaron el cuello de Kilani, trazando el pulso acelerado de su garganta. Bajó más, hasta que encontró la curva de su pecho. Con un movimiento instintivo, sus dientes atraparon la punta de su pezón y tiró, mordiendo lo justo para dejar marca, para que doliera y ardiera. Lo hundió entre los dientes hasta que Kilani se arqueó con un grito ahogado que le raspó la garganta. —Mía —gruñó contra la piel húmeda de saliva y dientes sobre la aureola—. Jodidamente mía. Solo mía. Cedric no pidió permiso. Años de disciplina hecho mierda por el deseo. La agarró de las caderas y la abrió de golpe, posicionándose entre sus muslos. La sentía mojada, caliente, resbalosa,
Último capítulo