Mundo de ficçãoIniciar sessão
—No… por favor… no te acerques.
La voz de la mujer se quebró en medio del viento helado. Su espalda chocó contra el tronco de un árbol seco. La corteza rasgó la piel de sus hombros cuando intentó retroceder un poco más, pero ya no había espacio. El bosque había terminado mientras que el claro se abría detrás de ella como una trampa iluminada por la luna roja, que colgaba sobre el cielo nocturno como si marcara aquel momento con algo más que sangre. Frente a ella estaba él. El alfa Ronan, alto, fuerte, inmóvil y silencioso. Su presencia parecía absorber el aire del bosque. La nieve crujía bajo sus botas cuando avanzó un solo paso, y ese pequeño sonido bastó para que el terror se extendiera por el cuerpo de la mujer como hielo. Ella temblaba, pero no solo de miedo. Por su sangre corría un veneno que ardía desde adentro por todas sus venas rojizas. Cada respiración le costaba más que la anterior, y los latidos de su corazón empujaban la muerte un poco más cerca. La loba levantó la cabeza, con ojos azules brillando con lágrimas acumulada, no había escapatoria. —Ronan… —susurró, apenas respirando—. Tú… tú no tienes que hacer esto. El alfa milenario no respondió. Su mirada gris descendió lentamente hacia la sangre que manchaba la nieve alrededor de la mujer. Luego volvió a mirar su rostro, Ronan no tenía odio en su expresión, sino más bien una determinación implacable, fría como la misma nieve que empezó a caer. —Estás muriendo —dijo finalmente con aquella voz ronca que la hizo estremecerse. La mujer soltó una sonrisa débil. —¿Te sorprende? Ronan no cambió de expresión. Ella apoyó una mano contra su costado. Sus dedos estaban empapados en sangre. —Pensé que vendrías antes… —murmuró—. El gran alfa… el lobo más antiguo… cazando a una loba solitaria. El silencio que siguió fue pesado, mientras que el viento movía las ramas de los árboles detrás de Ronan quien dejó salir sus relucientes garras y en ella se reflejó la luz rojiza de la luna. La mujer lo vio, y su respiración se volvió errática. —Entonces es verdad… —susurró—. Vas a matarme. El alfa no negó. —Sí. Una palabra que fue más una sentencia para la loba. Por el rostro de ella se deslizó una lágrima. —¿Por qué…? Ronan la observó con frialdad. —Porque no puedo permitir que vivas lo suficiente para que tu poder caiga en manos equivocadas en el estado que te encuentras. —¡Yo no he hecho nada! —su grito rompió el silencio del bosque.—¡No soy una amenaza para ti! Ronan dio un paso. Ahora lo suficientemente cerca como para que ella pudiera ver el frío absoluto en los ojos grises del alfa. —No —dijo él—. Pero tu linaje si lo es. El miedo atravesó el rostro de la mujer convirtiéndose enseguida en desesperación. —¡Mi hija no tiene nada que ver con esto! —expresó como pudo mientras los ojos del alfa brillaron un instante. —Precisamente por eso —murmuró, y ella sintió que el mundo se derrumbaba. —No… —negó con su cabeza—. No la nombres —su voz se volvió un susurro roto—. Es solo una joven loba… apenas entiende este mundo… no sabe nada de lo que soy… lo que somos ella y yo. Ronan apretó la mandíbula, y por un momento el viento dejó de soplar. —Ese es exactamente el problema. Ella será fácil de manipular por cualquier persona, no puedo permitir que ese don de tu linaje quede en manos de cualquier persona —gruñó. La mujer dejó escapar un sollozo. —Ronan… escúchame… si me matas… nadie sabrá lo que realmente pasó esta noche —susurró, pero el alfa no reaccionó. Ella levantó la mirada lentamente.—Todos creerán que tú lo hiciste. Las palabras flotaron en el aire helado, y la mujer sonrió con tristeza. —Dirán que el gran alfa Ronan mató a una loba indefensa… que derramó su sangre bajo la Luna Roja. Los ojos de Ronan se oscurecieron, pero no negó. —La historia siempre necesita un villano. La mujer dejó escapar una risa rota. —Entonces… así será. Sus rodillas golpearon la nieve, pero antes de su muerte, ella enterró sus manos en la tierra helada. Algo en el aire cambio enseguida, Ronan lo sintió y el bosque se volvió demasiado silencioso. —No lo hagas —advirtió el alfa, pero la mujer cerró los ojos. —Madre naturaleza… —susurró, y el suelo empezó a vibrar. Las hojas de los árboles temblaron, mientras que las raíces debajo de la tierra despertaron, Ronan dio un paso al frente. —Detente —ordenó, pero ya era tarde. La energía de la naturaleza respondió al llamado desesperado de la loba, y las hojas que antes brillaban empezaron a secarse. Las ramas se quebraron, y la nieve alrededor se derritió. La vida estaba siendo drenada, absorbida y esa zona empezaba a morir, Ronan sabía del poder del linaje Blackwell, pero aún así su ceño se frunció. —Estas gastando lo poco que te queda de vida —le dijo, y ella abrió sus ojos mientras que su rostro palideció, pero su mirada ardía. —No necesito vivir para protegerla —el viento alrededor estalló sobre ellos, y la tierra se agrietó. Las raíces se retorcieron bajo la nieve—. Si mi hija… —su voz tembló—, mi pequeña loba… alguna vez corre peligro… —la raíz corrió como serpiente. Ronan sintió el poder acumularse. —No hagas esto —pidió, pero ella gritó con lo último de su vida. —¡Entonces el alfa Ronan acudirá a ella! —el suelo tembló violentamente, y la raíces se lanzaron hacia el alfa. —¡Que la proteja! —en los fuertes brazos del alfa aparecieron marcas rojizas que ardían, y el dolor atravesó sus venas como hielo creciendo dentro de su sangre—. ¡Que acuda sin importar dónde esté! El viento rugió entre los árboles secos. —¡Y cada luna roja su vida dependa de ella! —el poder explotó, y las raíces se apretaron más contra el cuerpo de Ronan quien rugió en el momento que la maldición se hundió en su sangre. Solo en ese momento el bosque volvió a quedar en silencio. La mujer cayó hacía atrás sobre la nieve, y su pecho subió una vez más, luego otra y después nada. Había muerto, Ronan permaneció inmóvil en medio del claro. El alfa milenario observó el cuerpo de la loba durante unos segundos, y luego cerró sus ojos con frustración mientras una mano pasó por su corto cabello negro. —¡Maldita sea! —gruñó sintiendo el dolor aún quemando dentro de sus venas. Podía sentir la maldición en su sangre, se encontraba vinculado a alguien, lo sentía el tirón dentro, invisible mientras su lobo Conan gruñía dentro de su mente. Su mente se nublo enseguida. Era una visión que apareció sin previo avisó, el bosque oscuro, un arroyo congelado, y una mujer joven escondida detrás de una piedra, ella tenía miedo. Cubriendo su boca para no llorar, y sombras moviéndose muy cerca: cazadores. La visión desapareció, Ronan se debatía entre ir o dejarla morir. La furia cruzó sus ojos, no iba a aceptar una maldición, no era la primera que cargaba. —No —gruñó intentando ignorar el tirón dentro de él, pero Conan rugió dentro de su mente. —Ve —gruñía el lobo en su interior, y la presión apareció inmediatamente, Conan enterraba sus garras en su mente—. Ella está en peligro —le dijo. Ronan apretó los dientes. —No me importa —empezó a caminar al lado contrario, pero el tirón fue más fuerte. Como si algo en su sangre estuviera tirando de él. La maldición, Ronan miró una última vez a la mujer—. Ni siquiera entiendo lo que hiciste. El alfa entendió que no podía escapar de la maldición. Dio la vuelta hacia el tirón, y su cuerpo enseguida empezó a cambiar, le crujieron los huesos, la piel se desgarró y un enorme lobo negro aterrizó sobre la nieve. Sus ojos grises reflejaron la rabia y la luna de sangre sobre su cabeza. Aquella bestia negra alzo su cabeza, el viento trajo el olor de la mujer. No importaba donde estuviera siempre iba a poder encontrarla. Empezó a correr rápido, con el peso de sus patas rompiendo ramas y todo a su paso. Era un animal majestuoso, imponente que representaba a la perfección al alfa milenario, Ronan Haro.






