C2: Tu no eres mi mate

La luna roja seguía colgada en el cielo cuando el enorme lobo negro atravesó el bosque como una sombra viva, Ronan corría.

Sus patas golpeaban la tierra congelada con una fuerza brutal mientras los árboles pasaban a su alrededor como manchas oscuras. El viento arrastraba olores, sonidos, vida… pero uno destacaba sobre todos.

El de ella, mezclado con sangre y miedo, Conan su lobo, gruñía dentro de su mente, empujándolo con una urgencia salvaje.

—Más rápido.

El tirón de la maldición ardía en sus venas como hierro caliente. No era una simple orden. Era una presión constante, como si algo invisible tirara de su corazón hacia un punto exacto del bosque, Ronan saltó un tronco caído y aterrizó con un golpe pesado.

Entonces lo oyó.

—¡Se fue por aquí!

La voz de un hombre rompió el silencio de la noche. El olor llegó inmediatamente después, alcohol, lujuria, y cazadores, Ronan redujo la velocidad, avanzando entre los árboles con la cautela de un depredador. Sus ojos grises brillaban en la oscuridad mientras el viento le traía el resto de la escena.

Pólvora, sudor, y el aroma de la joven.

Estaba cerca, demasiado cerca de ellos, y los vio un segundo después. Cinco hombres avanzaban por el bosque con antorchas y ballestas. Sus pasos eran torpes, confiados. No tenían idea de lo que realmente caminaba entre los árboles con ellos.

—La mujer no puede haber llegado lejos —dijo uno de ellos—. Está herida.

—El jefe dijo que lo la perdiéramos de vista. Es del linaje Blackwell —el alfa Ronan se detuvo y su cuerpo se tensó.

Alguien sabía del linaje Blackwell, no solo él. El lobo negro mostró sus colmillos, y el primer cazador murió sin siquiera verlo venir, Rona salió de la oscuridad como una nube negra.

Un salto mezclado con un feroz rugido. Su mandíbula se tensó alrededor de la garganta del hombre con un crujido húmedo. La sangre salpicó la nieve cuando el cuerpo cayó sin vida.

—¡Lobo!

Los otros reaccionaron demasiado tarde. Uno levantó la ballesta, Ronan ya estaba sobre él, y sus garras atravesaron su pecho con un desgarrón brutal. El hombre gritó mientras la sangre brotaba caliente sobre la nieve.

El tercer cazador le lanzó una flecha que rozó el lomo del lobo, Cona rugió y el impacto no lo detuvo. El lobo giró sobre sí mismo y se lanzó contra el hombre, derribándolo con un peso aplastante. Sus colmillos encontraron la mandíbula del cazador y la arrancaron con un tirón brutal.

Su grito se convirtió en un gorgoteo húmedo.

Quedaban dos.

—¡Corran!

El pánico explotó entre ellos, y uno dejó caer su arma para darse vuelta y poder huir, Ronan lo alcanzó con un salto. Su mandíbula se cerró sobre la espalda del hombre y lo arrojó contra un árbol con tal fuerza que el cráneo se partió contra la corteza.

Las manos del último cazador temblaban con una espada en su mano.

—¡Atrás! ¡Maldito animal!

Ronan caminó lentamente hacia él, con la sangre goteando de su hocico. Sus ojos brillaban como dos lunas heladas. El hombre retrocedió.

—No… no… te acerques —el miedo podía olerse en el aire. Ronan salto, y el cazador grito pero no duro menos de un segundo. Cinco cuerpos yacían en la nieve.

El alfa levantó su cabeza, y la vio. Aquella joven estaba a pocos metros de distancia, de pie junto a un árbol caido. Su respiración temblorosa, y su cabello oscuro pegado al rostro por el sudor y la nieve. Sus ojos abiertos con terror absoluto, ella habia visto todo.

Durante minutos ninguno se movió. El lobo negro la observó, ella dio un paso atrás.

—No —su voz salió como un susurro rotó. —No te acerques —pero Ronan avanzó un paso, ella dio media vuelta inmediatamente y corrió.

Sus botas resbalaban sobre la nieve mientras atravesaba el bosque sin mirar atrás. Su respiración se convirtió en jadeos desesperados. Sabía exactamente qué criatura estaba detrás de ella.

Un alfa.

Las ramas golpearon su rostro mientras corría, pero no llegó lejos, Ronan se materializó frente a ella con ese poder tan antiguo: teletransportación. Un feroz lobo negro mirándola, ella se detuvo de golpe, tropezando hacía atrás.

—¡No! —el miedo la paralizó mientras retrocedía en el suelo. El animal la observó unos segundos, y entonces empezó a cambiar. Sus huesos crujieron, la piel se movió y la enorme figura del lobo se retorció y alargó hasta darle paso a la silueta de un hombre.

Desnudo.

Alto.

Imponente.

Sus brazos fuertes marcados por el tatuaje rojo de la maldición y la sangre de los cazadores mientras que sus ojos grises se clavaron en los azules de ella.

La joven apenas tuvo tiempo de reaccionar. Se puso de pie e intentó huir nuevamente, pero Ronan fue rápido y sus brazos rodearon su cintura con fuerza antes de que pudiera escapar.

—¡Suéltame! —ella se retorcía, golpeando su pecho con desesperación—. ¡Dejame ir!

Ronan no respondió, le gruñó con molestia. La joven intentó liberarse nuevamente, pero su nariz rozó la piel del pecho del alfa.

Un aroma lleno su sentido, madera, menta y frutos del bosque. Sus ojos se abrieron sorprendida, y su cuerpo dejó de luchar mientras que Ronan observaba aquellos ojos azules con curiosidad disfrazada de frialdad.

La joven loba volvió a rozar su nariz con su torso. Más cerca y profundo mientras la confusión llenaba su rostro.

—Tú… —sus manos temblaron, y el alfa frunció su ceño. Ella lo miraba con ojos llenos de incredulidad—. Tú… tú eres… —sus labios temblaron—. Mi mate.

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