Cedric se puso en pie con una agilidad felina. Sus movimientos, que hasta hace apenas unos minutos habían sido lentos y cargados de una devoción casi reverente, se volvieron precisos, militares, despojados de cualquier rastro de duda. Sus manos buscaron sus pantalones deportivos, deslizándose en ellos con una rapidez mecánica mientras su mente ya estaba afuera, analizando el perímetro.
Sus oídos, agudizados por su naturaleza lobuna, habían captado una disonancia en la noche. Un silencio antin