Mundo de ficçãoIniciar sessão—Mi alfa… encontramos el cuerpo.
Ronan no respondió de inmediato. La voz del guardia se perdió en la inmensidad del salón de piedra, donde el eco parecía repetir cada palabra con un peso incómodo. Afuera, el viento golpeaba los ventanales altos de la mansión, arrastrando el frío de la montaña hacia el interior. El alfa permanecía de espaldas. Sus manos descansaban detrás de su espalda mientras observaba la luz del sol que cubría el bosque congelado. Desde allí arriba, los árboles parecían un mar de algodón moviéndose lentamente bajo la luz tenue del sol de medio día. Durante un segundo, el silencio se volvió demasiado largo. El guardia tragó saliva, Ronan sabía exactamente de qué cuerpo hablaba. Sabía dónde estaba, y cómo había caído. Recordaba con claridad el sonido que hizo al golpear la nieve. Él mismo había presenciado su muerte, y aún así, su voz salió tranquila, distante, como si escuchara aquella noticia por primera vez. —¿Confirmaron la identidad? El guardia asintió rápidamente. —Sí… mi alfa —respondió de inmediato, y dudó un momento antes de continuar.—Es la sacerdotisa Blackwell —ese nombre flotó en el aire como una sentencia, Ronan finalmente se giró. Su rostro no mostró expresión alguna, ni sorpresa, incomodidad, ni siquiera parpadeo. Sus ojos grises eran tan fríos como el invierno que cubría las montañas. —Preparen el cuerpo para una sepultura digna. El guardia inclinó la cabeza. —Sí, mi alfa. Ronan caminó lentamente hacia el centro de la habitación, sus pasos firmes resonando contra el suelo de piedra. La puerta se cerró detrás del guardia, dejándolo nuevamente solo, pero no por mucho. El vínculo tiró de él otra vez. Era una sensación constante desde que la había traído a la mansión. Una presión leve en el pecho que lo hacía odiarla, y maldecir por lo que hizo Blackwell. Sus ojos se cerraron un momento, y el eco de la maldición volvió a susurrar en su mente que cuando llegue la luna roja él tenía que pagar un precio, Ronan abrió sus ojos y empezó a caminar fuera de aquella sala llena de cuadros familiares. Los pasillos de la mansión se extendían silenciosos ante él mientras seguía la dirección del vínculo. No necesitaba preguntar dónde estaba. Podía sentirla y olerla. Siguiendo el rastro hasta la biblioteca, Ronan empujó la puerta, y allí estaba ella. Lyra estaba sentada frente a una mesa enorme, con un libro abierto entre las manos, pero sus ojos no se movían realmente por las páginas. Estaba esperando. Cuando escuchó las puertas, levantó la cabeza de inmediato. Sus miradas se encontraron, y por un momento, ninguno dijo nada, pero Lyra buscaba algo en un rostro en donde no encontró nada más que indiferente y frialdad. —Encontraron a tu madre —dijo con palabras simples y directas que hicieron efecto inmediato, Lyra corrió hacía él. —¿Dónde esta? ¿Ella está bien? —interrogó buscando explicaciones en aquellas facciones tan varonil, y distinto. Ronan guardó silencio, un segundo, dos y tres. Ese pequeño espacio de tiempo fue suficiente para que el miedo comenzara a crecer en los ojos de la joven loba. —Ella está muerta —no hubo tacto, ni palabras que puedan ser de consuelo por parte de Ronan mientras que el mundo de Lyra se rompió. No hubo un grito al principio. Solo una expresión de incredulidad atravesando su delicado y angelical rostro como una sombra que se plantaba en su alma al escuchar que su madre estaba muerta. —No… —su voz salió quebrada, débil y casi infantil. Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas—. No… mi mami… no —la respiración de Lyra se volvió irregular, y el dolor… el dolor que sintió dentro de su pecho fue lo peor. Lyra sintió que su corazón se partía en dos. Sus manos temblaron, y màs lágrimas salían sin control de sus ojos. —Ella… ella estaba conmigo —su voz se quebró—. Yo.. la dejé atrás… —susurró—. Es mi culpa. El alfa estuvo parado frente a ella, no hizo nada, ni intentó consolarla. Su postura seguía siendo la misma: recta, firme e indiferente mientras Lyra lloraba y se culpaba por la muerte de su madre. —Debí quedarme… —las lágrimas caían sin descanso—. Debí quedarme con ella —sus ojos volaron por todo el lugar, Ronan solo pensaba que la mujer frente a él lloraba por alguien que el mató. La culpa era un sentimiento extraño para Ronan. Había vivido siglos, y matado a ciento de personas, no habia dudado en hacerlo, ni mirado atrás, pero ver a Lyra romperse frente a él era… diferente. —Ya no tengo a nadie —susurró, Lyra agachando su cabeza, y por primera vez hizo algo que desconcertó más a Ronan. Lo abrazo. Sus brazos rodearon el torso de Ronan con fuerza desesperada. Ella escondió su rostro en su pecho mientras lloraba con su cuerpo temblando y manchando su fina camisa de lino con sus lágrimas. El alfa se quedó inmóvil ante ese acto, no la abrazó, ni la apartó. Simplemente se quedó allí. Durante siglos nadie había hecho algo así. Nadie más que su madre, pero era distinto, Lyra buscaba consuelo, protección emocional. Cosa que él no sabía dar. Ronan miró hacía abajo. Podía sentir el calor de su cuerpo, y el peso de su cabeza contra su pecho donde su corazón latía en calma. Su manos manos a su costados temblaron, y un ardor se instaló en su pecho. Ronan enseguida pensó que era culpa de la maldición y que consolar a la pobre chica quizás aliviaría su molestia. Este con lentitud como si fuera a tocar un animal herido levantó un brazo. Fue un movimiento imperceptible, pero suficiente. Su mano se apoyó suavemente en la espalda de Lyra. Al principio solo la tocó, como si estuviera probando algo desconocido, y luego su brazo la rodeó. Un abrazo leve, inseguro. Sus dedos comenzaron a moverse lentamente sobre su espalda en gesto torpe de consuelo, Lyra no levantó su cabeza, pero su respiración empezó a establizarse poco a poco. El calor del alfa era… reconfortante, le dio seguridad. Ronan bajó ligeramente su mirada hacia ella que lo observaba con aquellos ojos azules e impulsado por su deseo de tenerla a su lado para encontrar cómo deshacer de la maldición susurró: —Me tienes a mí, luna.






