Mundo de ficçãoIniciar sessão—El polvo vuelve al polvo… y la vida regresa al silencio del que vino —dijo la voz del sacerdote que resonó suavemente dentro de la pequeña cripta de piedra.
Las velas colocadas alrededor del ataúd iluminaban el lugar con una luz tenue y temblorosa. Las sombras danzaban sobre las paredes, alargando las figuras de quienes estaban presentes. No eran muchos. Solo el sacerdote, dos guardias de la manada, Lyra y Ronan. El ataúd de madera oscura descansaba sobre una plataforma de piedra en el centro del recinto. Sobre la tapa habían colocado flores blancas, frescas, cuyo perfume apenas lograba suavizar el frío olor de la cripta. La sacerdotisa Blackwell descansaba allí dentro. El sacerdote cerró lentamente su libro de oraciones y levantó la mirada hacia Lyra. —Las despedidas son difíciles, mi niña —dijo con voz tranquila—, pero también son necesarias para que el espíritu encuentre descanso —ella permaneció de pie frente al ataúd. Sus manos estaban entrelazadas frente a su cuerpo, tan apretadas que sus nudillos se habían vuelto blancos. Había llorado tanto estas últimas horas que ahora su rostro parecía extrañamente sereno, pero sus ojos.. sus ojos estaban llenos de dolor silencioso. El sacerdote inclinó ligeramente su cabeza hacia ella. —Si deseas decir algunas palabras para tu madre… ahora es el momento —murmuró, pero el silencio inundó la cripta, Lyra miró el ataúd y sus labios se entreabrieron ligeramente. Durante un instante pareció que iba a hablar, pero las palabras no salieron. Su garganta se cerró, y su pecho se llenó de un peso demasiado grande. Negó lentamente con su cabeza. —No puedo —susurró con su voz tan rota, y el sacerdote asintió con compresión hacia la joven. —No todos los adioses necesitan palabras —dijo el hombre sabio antes de dirigir sus ojos hacia la figura que permanecía unos pasos detrás de Lyra. Ronan. El alfa estaba de pie con la espalda recta, las manos entrelazadas detrás de su cuerpo. Vestía completamente de negro, y su presencia llenaba la pequeña cripta con una autoridad silenciosa. Sus ojos grises observaban el ataúd, sereno e impasible. El sacerdote lo dudó un momento antes de hablarle. —¿Desea decir algo, mi señor? —interrogó, Lyra se giró ligeramente al escuchar eso. Sus ojos buscaron a Ronan, no esperaba que hablara. Durante el tiempo que lo conoce él siempre parecía mantener una distancia cuidadosa de todo, pero el alfa dio un paso al frente. Solo uno. La luz de las velas iluminaron su rostro sereno. Sus ojos se posaron sobre el ataúd nuevamente antes de hablar. —Fue una mujer valiente —dijo con firmeza, recordándola aferrarse al último hilo de vida para maldecirlo, Ronan no miró a nadie—. Murió protegiendo a su hija —era una verdad que él conocía—. Eso es algo que merece honor —no añadió nada más. Permaneció en silencio, ya que lo que expresó fue suficiente. Lyra bajó la mirada hacia el ataúd, y por primera vez desde que había llegado allí, una pequeña sonrisa triste apareció en su rostro entre las lágrimas que comenzaban a acumularse nuevamente en sus ojos. Porque esas palabras… eran exactamente lo que su madre había sido. Valiente. Protectora. Y saber que alguien más lo reconocía hacía que el dolor se sintiera un poco menos pesado. El sacerdote asintió con respeto. —Entonces que así sea recordada —murmuró escribiendo eso en su libro antes de cerrarlo. Lyra levantó una mano temblorosa y dejó una flor blanca sobre el ataúd. —Gracias, mamá. (…) Las dos siguientes semanas transcurrieron con una calma extraña, Lyra lloraba cada noche, pero poco a poco empezó a familiarizarse con la mansión en donde conoció a la ama de llaves, Elizabet. Una mujer anciana de cabello completamente blanco y ojos amables que contrastaban con las paredes oscuras de la mansión. Era humana, lo que sorprendió a Lyra la primera vez que lo descubrió. —¿Trabaja para Ronan desde hace mucho? —interrogó Lyra mientras picaba una manzana en trozos pequeños. Otra cosa era que conversar con Elizabet era muy fácil. La mujer transmitía una energía, cálida. —Desde que era una niña —la mujer suspiró con una sonrisa—. El señor siempre ha sido complicado, pero cuando lo conoces puedes ver lo bueno y gentil que es —añadió, Lyra levantó su cabeza, ya que dudaba mucho que el alfa fuera eso. —No parexe muy… amable —dijo haciéndose la distraída, Elizabet soltó una risa suave. —No lo es —sacudió sus manos en el delantal—. Pero tampoco es el monstruo que todos creen —añadió con naturalidad, Lyra guardó silencio. Pensó en Ronan, su mirada fría y calculadora, la distancia que mantenía. Durante estas dos semanas apenas habían tenido contacto u oportunidad de hablar, Ronan estaba ocupado con la manada, reuniones, eventos y cosas de alfas que todavia Lyra desconocía, y que la mayoria de información habia sido obtenida de Elizabet. Cuando coincidían en la mansión, la interacción era mínima. Como si ambos caminaran alrededor de algo invisible que ninguno se atrevía a tocar, pero Lyra lo sentía. Un vínculo de mate, se presentaba en su pecho y su loba lo reconocía. Y Lyra no entendia porque Ronan se mantenía ausente, si ella era… su luna. (…) Ronan hacía todo lo posible por ignorar la presión que crecía dentro de él. No era una sensación física al principio. Era algo más sutil, como un murmullo constante en su sangre, una inquietud que no lograba explicar del todo. Algo que parecía despertarse lentamente dentro de su pecho, recordándole que el tiempo avanzaba. La luna roja se acercaba. Había visto muchas lunas rojas ascender a lo largo de su vida. Sabía lo que significaban. Sabía lo que provocaban en los lobos. Aquellas noches siempre traían cambios, desafíos, impulsos difíciles de controlar, pero esta era diferente: la maldición. Un recuerdo que azotaba su mente una y otra vez. La sacerdotisa Blackwell, arrodillada en la nieve, con la sangre manchando su ropa y el odio brillando en sus ojos mientras pronunciaba las últimas palabras de su vida. Ronan no creía en amenazas vacías. Tampoco en supersticiones sin fundamento, pero sí creía en las promesas hechas por alguien que moría, y más cuando se trata de una Blackwell. Recordó la primera vez que fue maldito por una hace siglos, ella lo sentenció a una eternidad vacía, y solo. El alfa le quitaron lo que más anhelaba tener. Su luna. La sacerdotisa Allison Blackwell, lo maldijo a no encontrar a su alma gemela, y por eso Ronan perseguía al linaje Blackwell por siglos, pero ahora que tiene a la última descendiente, no puede acabar con ella porque está vinculado a esta. Y eso sin duda, era la peor maldición para Ronan Haro. (…) El dolor llegó sin previo aviso, Ronan despertó abruptamente en la oscuridad de su habitación. No hubo advertencia, ni nada que lo anticipara a lo que estaba sintiendo. Solo fue un golpe repetentino que atravesó su cuerpo como un látigo invisible. Su espalda se arqueó con violencia cuando sintió arder su todo su cuerpo. El aire abandonó sus pulmones en jadeo brusco. —…! El sonido quedó atrapado en su garganta, Ronan se incorporó de golpe en su cama, y cayó al suelo desde ell. El dolor explotó dentro de su cuerpo, brutal y salvaje. No se parecía a nada que hubiera sentido en su vida. No era como romperse un hueso, ni sentir una garra clavada en sus entrañas. Esto era mucho peor. Sus músculos comenzaron a contraerse violentamente, tensándose como si alguien estuviera tirando de ellos desde dentro. Las venas bajo su piel ardían como si estuvieran llenas de fuego líquido, Ronan apretó los dientes e intentó ponerse de pie, pero el dolor lo golpeo nuevamente. Más fuerte. Ronan apoyó una mano en el suelo intentando incorporarse, pero otro latigazo recorrió su cuerpo antes de que pudiera hacerlo. Respiró con dificultad. Cada intento de llenar sus pulmones parecía rasgarle el pecho desde dentro. Otro golpe. Otro espasmo. Sus manos se transformaron en garras qje agrietaron el suelo. Gruñó bajo, ya que había enfrentado alfas, y criaturas difíciles de nombrar, pero aquello era diferente. Observó a su alrededor, vio todo rojo y enseguida lo supo: la maldición. Otro golpe invisible golpeó su cuerpo. Sus músculos se tensaron con violencia, obligándolo a inclinarse hacia adelante mientras sus garras se clavaban en la piedra, Ronan apretó los dientes con tanta fuerza que su mandíbula crujió. El dolor subió por su columna hasta su cabeza, llenando su visión de destellos blancos, y luego todo se detuvo. Su cuerpo quedó tirado en el suelo húmedo por su sudor. Hasta que empezó a tener destellos de imágenes, no fue un sueño, ni alucinaciones. Fue una visión clara. La maldición hablándole al oído. Enseñándole la luna roja, gigantesca, dominando la noche con una luz intensa y sangrienta que cubría todo el bosque. Los árboles parecían sombras negras bajo aquel resplandor. El mundo entero estaba teñido de rojo, en medio de esa luz… Lyra. Su cabello castaño caía sobre sus hombros como una cascada brillante bajo la luna. Su piel parecía casi luminosa bajo aquel resplandor extraño. Sus ojos azules puestos en él, pero no había miedo en ellos. Solo reflejaban un profundo, deseo. Un vínculo que ardía, Ronan pudo incluso sentirlo dentro de aquella visión, como una cuerda invisible que los atraía inevitablemente. Sus cuerpos se acercaban, lentamente y la sensación de tocarse fue intensa. La maldición hablaba sin palabras. Era un llamado del precio que debía pagar esta luna roja que se acercaba en cuatro días. Entonces todo desapareció de golpe, y allí estaba Ronan, respirando con dificultad, desnudo en el frío piso de su habitación. Había entendido el mensaje. La maldición exigía, y era eso. Estar con Lyra, poseerla. El alfa cerró sus ojos por un momento, y por primera vez en siglos algo parecido a la frustración recorrió su mente. No era el acto en sí. Eso no era un problema para Ronan, quién habia tenido michas amantes en su larga eternida. El sexo nunca había sido complicado, lo disfrutaba. Lo complicado era otra cosa. Lyra. Aunque ella confiaba en él por salvarlo, no era lo mismo confiar que desear a alguien. Y la visión fue clara, no quería una unión forzada. La maldición deseaba que fuera real, instintiva. Ronan se levantó lentamente. Sus músculos todavía temblaban ligeramente por el dolor que había atravesado su cuerpo. Caminó hasta el ventanal de su habitación. El vidrio estaba frío bajo su mano cuando lo tocó. Afuera, la luna brillaba sobre el bosque. Todavía no era roja, pero faltaban pocos días, Ronan observó las montañas en silencio. Pensó en Lyra, y su inocencia. En la forma en que lo había abrazado aquella vez en la biblioteca cuando creyó que no tenía a nadie más en el mundo. Suspiró con cierta frustración. Había conocido el deseo y el placer más veces de las que podía recordar, pero nunca había tenido que seducir a alguien. El alfa exhaló lentamente. Su mente ya estaba analizando la situación como si se tratara de una batalla. Primero necesitaba acercarse, y reducir la distancia que había mantenido entre ellos durante las últimas semanas. Crear una chispa, pero no cualquier chispa sino una que transforme esa confianza en deseo. No sería fácil, pero Ronan Haro no era un hombre que retrocediera ante un desafío. —Te tendré en mi cama, Lyra Blackwell.






