Mundo ficciónIniciar sesiónAria Moretti no es una santa, y el internado "San Judas Tadeo" es su última celda antes de un matrimonio forzado que detesta. Sin embargo, en los pasillos de piedra y silencio, se encuentra con su mayor desafío: el Padre Kyler Lombardi. Joven, de una rectitud que irrita y una belleza que duele, Kyler está a un paso de sus votos definitivos. Él representa todo lo que ella debería respetar, y ella es la tentación que él juró combatir. Lo que comenzó como una guerra de insultos y castigos, se transforma en una obsesión que quema los rosarios. Entre confesionarios estrechos y bibliotecas en penumbra, Kyler descubrirá que el hábito no protege el corazón de un hombre, e Aria entenderá que, por primera vez, alguien la ve más allá de su apellido... aunque ese amor sea un camino directo al infiern
Leer másEl aroma del incienso matutino siempre me había devuelto la paz, una especie de ancla en medio de un mundo que afuera se sentía demasiado ruidoso. A mis veintitrés años, mi vida en el internado San Judas Tadeo estaba regida por el segundero de un reloj de pared y el susurro de las oraciones. Ser profesor de Teología y Ética no era solo un trabajo; era el ensayo general para mi entrega total a Dios.
Aquel martes parecía ser un día más de orden absoluto. Me ajusté el cuello clerical frente al espejo empañado de la sacristía, verificando que cada pliegue de mi sotana negra estuviera en su lugar. La tela era pesada, un recordatorio constante del compromiso que estaba a punto de sellar para siempre. —¿Otra vez peleando con el espejo, Kyler? —La voz de Noah Ricci resonó en el pasillo de piedra, rompiendo mi introspección. Me giré, encontrando a mi amigo apoyado en el marco de la puerta con esa sonrisa socarrona que siempre parecía burlarse de la solemnidad del lugar. Noah tenía mi misma edad, pero mientras yo buscaba la santidad, él parecía buscar cualquier excusa para una buena fiesta en el pueblo vecino. —No peleo, Noah. Solo me aseguro de que la presencia sea la adecuada para la clase de hoy —respondí, recogiendo mis libros de la mesa—. La disciplina empieza por uno mismo. —La disciplina te va a sacar canas antes de los veinticinco, amigo mío —soltó él, caminando a mi lado mientras nos dirigíamos al pabellón de aulas—. ¿Has oído los rumores? Dicen que hoy llega una "joyita" nueva. Una Moretti. Fruncí el ceño. El apellido me sonaba de las altas esferas de la política y los negocios en el norte, pero no le di importancia. —Aquí no hay "joyitas", Noah. Solo almas que necesitan guía —sentencié con un tono que pretendía cerrar el tema—. Además, sea quien sea, tendrá que adaptarse a las reglas del San Judas Tadeo como todos los demás. —Eso espero, porque Connor dice que el ambiente en la administración está tenso. Parece que la chica no viene por voluntad propia —añadió Noah, encogiéndose de hombros—. En fin, te dejo con tus alumnos. Yo tengo que ir a ver por qué la caldera decidió morir de nuevo. Me despedí de él con un asentimiento y entré al aula de tercer año. El silencio cayó de inmediato. Mis alumnos, jóvenes que apenas empezaban a entender el peso de la responsabilidad, me miraban con respeto. La clase transcurrió con la fluidez habitual: Santo Tomás, la moralidad del acto humano, la contención de los impulsos. Me sentía cómodo allí, en el mundo de las ideas y la rectitud. Sin embargo, el destino tenía otros planes para el final de mi jornada. Cerca de las cuatro de la tarde, mientras cruzaba el patio central hacia la biblioteca, el caos estalló. No fue un susurro, fue un estruendo. El sonido de un motor rugiendo a toda velocidad rompió la paz del convento, seguido del chirrido violento de neumáticos sobre la grava. Me detuve en seco, con el corazón martilleando contra mis costillas. Una camioneta negra de lujo se había detenido de forma errática frente a la entrada principal, bloqueando el paso de los suministros. Antes de que pudiera acercarme a pedir explicaciones, la puerta trasera se abrió de golpe. —¡No me pueden obligar a quedarme en este agujero de ratas! —El grito, agudo y cargado de furia, llenó el patio. Una chica salió de la camioneta como si fuera expulsada por un volcán. Llevaba un vestido ajustado que desafiaba cualquier norma del internado, el cabello oscuro revuelto y una maleta de cuero que lanzó al suelo con un desprecio absoluto. Detrás de ella, dos hombres de traje oscuro intentaron sujetarla, pero ella se zafó con una agilidad felina. —¡Aria, compórtate! —le gritó uno de los hombres, claramente un empleado de su familia. —¡Púdranse! —respondió ella, dándose la vuelta y empezando a caminar hacia el interior del edificio. Yo estaba allí, parado en medio de su camino, con mi Biblia bajo el brazo y una expresión de horror que no pude ocultar. Ella no me vio hasta que estuvo a menos de un metro de distancia. El impacto fue inevitable. Tropezó conmigo con tanta fuerza que mis libros volaron por los aires, aterrizando sobre el suelo polvoriento. —¡Fíjate por dónde vas, maldita sea! —exclamó ella, sin molestarse en mirar a quién le hablaba. Me quedé helado. Nadie me hablaba así. Nadie usaba ese lenguaje en este recinto. Me agaché para recoger mi ejemplar de las Confesiones de San Agustín, intentando mantener la calma que mi hábito exigía. —Señorita, le sugiero que cuide su lenguaje y su forma de entrar a este lugar sagrado —dije, levantándome y fijando mi mirada en ella. Fue entonces cuando nuestros ojos se cruzaron. Sus ojos eran grandes, de un color café tan profundo que parecía fuego quemado, y estaban llenos de una rabia que escondía algo mucho más doloroso. Por un segundo, el aire pareció desaparecer del patio. Ella me barrió de arriba abajo, deteniéndose en mi cuello clerical con una mueca de burla. —Vaya, ¿y tú quién eres? ¿El comité de bienvenida celestial? —soltó con sarcasmo, cruzándose de brazos—. Porque pareces demasiado joven para estar tan... abrochado. —Soy el profesor Kyler Lombardi —respondí, mi voz sonando más tensa de lo que deseaba—. Y usted está interrumpiendo el orden de este internado. ¿Quién es usted para entrar de esta manera? Ella soltó una carcajada seca, una que no tenía ni un gramo de alegría. —Soy tu peor pesadilla, "Padre" Kyler. O al menos eso dice mi padre —se acercó un paso más, invadiendo mi espacio personal. Pude oler su perfume, algo dulce y salvaje que contrastaba violentamente con el olor a incienso al que estaba acostumbrado—. Me llamo Aria Moretti, y me han traído aquí para que tipos como tú me "arreglen". Pero te doy un consejo: no pierdas tu tiempo. —Nadie es un caso perdido, señorita Moretti, aunque su actitud sugiere que tiene un largo camino por delante —repliqué, apretando los libros contra mi pecho—. Mañana tiene clase de Ética conmigo a primera hora. Le sugiero que busque el uniforme reglamentario y se presente con una actitud diferente. Aria me miró con un brillo desafiante en los ojos. Se inclinó hacia mi oído, tan cerca que sentí el calor de su aliento en mi cuello, provocándome un escalofrío que me hizo retroceder instintivamente. —¿Ética? —susurró—. Qué aburrido. Prefiero enseñarte yo un par de cosas sobre la tentación, Kyler. Porque me da la impresión de que debajo de tanta tela negra, hay un hombre que se muere por gritar. Se separó de mí con una sonrisa triunfal, recogió su maleta y pasó por mi lado golpeando mi hombro intencionadamente. La vi alejarse hacia los dormitorios, seguida por los hombres de su familia que parecían aliviados de haberse deshecho de ella. Me quedé allí parado, solo en el patio, mientras el sol empezaba a caer. Mis manos temblaban ligeramente. No era solo la falta de respeto, era la forma en que me había mirado, como si pudiera ver las grietas que yo tanto me esforba por ocultar. —Kyler, ¿estás bien? —Connor Valenti apareció a mi lado, mirando en la dirección por la que se había ido la chica—. Esa es la Moretti. Parece que va a ser un año largo. —Es una insolente, Connor —dije, tratando de recuperar mi compostura—. Una niña malcriada que no sabe dónde se ha metido. —O tal vez sabe perfectamente dónde se ha metido y por eso está tan furiosa —murmuró Connor, dándome una palmada en la espalda—. Suerte mañana en clase. La vas a necesitar. Caminé hacia mi habitación en silencio, pero la paz del incienso ya no me servía. Las palabras de Aria Moretti se repetían en mi cabeza como un eco pecaminoso. Debajo de tanta tela negra, hay un hombre que se muere por gritar. Entré en mi celda, cerré la puerta y me arrodillé frente al crucifijo. Intenté rezar, busqué las palabras para pedir por el alma rebelde de esa joven, pero por primera vez en años, las palabras no acudieron a mí. En su lugar, solo veía sus ojos desafiantes y sentía el calor de su presencia cerca de mi cuello. Aquel fue el día en que entendí que mi mayor batalla no sería contra el mundo exterior, sino contra la tormenta que acababa de entrar por las puertas de mi refugio. Aria Moretti era el caos, y yo, el hombre que juró amar solo a Dios, sentía por primera vez el miedo de ser consumido por el fuego de una mortal.Cinco años en la costa dejan su marca en las cosas. La salitre muerde el hierro, la madera de los postes se aclara hasta tomar ese tono grisáceo tan propio de los acantilados y el viento moldea las copas de los pinos para que apunten siempre hacia la tierra, como si supieran dónde está el refugio. Pero las marcas que el tiempo había dejado en nosotros eran de otra naturaleza. Eran marcas de crecimiento, de raíces profundas y de una solidez que ya nada podía hacer tambalear.El verano estaba en su punto más alto. Desde la ventana de mi taller, que ahora era tres veces más grande que cuando llegamos, observaba el camino de tierra que conectaba nuestra colina con la vía principal. Un jeep viejo y cubierto de polvo bajaba la cuesta con lentitud. Sabía exactamente quién venía. Noah solo visitaba la casa principal los fines de semana, prefiriendo la soledad de su cabaña forestal, pero hoy era un día diferente. Hoy se cumplían cinco años exactos desde que el camión de carga nos dejó aquí con
El olor a virutas de pino y aceite de linaza era mi verdadero templo. Habían pasado meses desde que el camión de carga se detuvo frente a este acantilado, y hoy, el sol de la tarde entraba por los grandes ventanales del taller, iluminando el polvo de madera que flotaba en el aire como si fuera oro en suspensión.Pasé la palma de la mano sobre la superficie de la cuna de madera de nogal que acababa de terminar. Estaba perfectamente pulida, sin una sola astilla, con los bordes redondeados con la paciencia de un hombre que sabe que cada veta cuenta una historia. En los cabezales había tallado un relieve sutil: unas olas rompiendo contra la roca y, entrelazadas con ellas, las líneas firmes de una escuadra de arquitectura. Nuestra marca. El plano de nuestra vida.-Es hermosa, Kyler.Me giré, limpiándome las manos en el delantal de cuero. Aria estaba de pie bajo el marco de la puerta. Su silueta recortada contra la luz del océano era la imagen más sagrada que jamás contemplaría. Llevaba un
La humedad del bosque y el olor a metal viejo del camión quedaron atrás, reemplazados por el aroma punzante del aire salino y la resina de pino. Habíamos cruzado tres fronteras bajo nombres falsos, durmiendo con un ojo abierto y la mano sobre la culata del arma, pero cuando el camión se detuvo finalmente frente a aquella cerca de madera descolorida, el silencio que nos recibió no era el de una tumba, sino el de una promesa.-Hemos llegado -dije en un susurro, como si hablar demasiado alto pudiera romper el hechizo y devolvernos a la mansión de los Ricci.Aria despertó a mi lado. Sus ojos, marcados por ojeras de cansancio y tensión, buscaron los míos antes de mirar hacia el exterior. A través del cristal sucio del camión, se extendía una pequeña colina que moría en un acantilado bajo, y sobre ella, una casa de madera y piedra que parecía haber estado esperando por nosotros desde el principio de los tiempos. No era una mansión de mármol frío; era una estructura robusta, con grandes vent
(POV Kyler)El sonido de la lluvia golpeando el techo del vehículo era una percusión constante que marcaba el pulso de nuestra huida. Estábamos en una camioneta negra que Noah había conseguido, y el interior olía a humedad y a la tensión electrizante de cinco personas que acababan de arriesgarlo todo por un mañana que, hasta hace apenas unas horas, parecía una utopía.Connor conducía con una destreza casi inhumana, esquivando los baches mientras revisaba constantemente el retrovisor. Noah iba de copiloto, con el maletín de documentos sobre el regazo como si fuera un escudo sagrado. En la parte trasera, Aria estaba acurrucada contra mí, con Adrián y Gabriela dumiendo profundamente a nuestros lados, ajenos al hecho de que sus vidas habían cambiado para siempre.—¿Crees que nos sigan? —preguntó Aria, su voz apenas un susurro. Sus manos estaban entrelazadas con las mías, aferradas a mi piel con una fuerza que me decía que no me soltaría jamás.—Bruno no va a dejar pasar esto, bonita —resp
Último capítulo