El olor a virutas de pino y aceite de linaza era mi verdadero templo. Habían pasado meses desde que el camión de carga se detuvo frente a este acantilado, y hoy, el sol de la tarde entraba por los grandes ventanales del taller, iluminando el polvo de madera que flotaba en el aire como si fuera oro en suspensión.
Pasé la palma de la mano sobre la superficie de la cuna de madera de nogal que acababa de terminar. Estaba perfectamente pulida, sin una sola astilla, con los bordes redondeados con la