El resto de la mañana fue un desfile de sombras. El rastro de la saliva de Aria en mi dedo herido parecía quemar, una marca invisible que palpitaba al ritmo de mi corazón. Evitarla se convirtió en mi única misión, una cruzada desesperada por salvar los restos de mi cordura. Me salté el almuerzo en el comedor común, refugiándome en la biblioteca bajo la excusa de organizar unos textos de San Agustín, pero las letras se emborronaban ante mis ojos. Solo veía sus labios rodeando mi piel, solo sent