La humedad del bosque y el olor a metal viejo del camión quedaron atrás, reemplazados por el aroma punzante del aire salino y la resina de pino. Habíamos cruzado tres fronteras bajo nombres falsos, durmiendo con un ojo abierto y la mano sobre la culata del arma, pero cuando el camión se detuvo finalmente frente a aquella cerca de madera descolorida, el silencio que nos recibió no era el de una tumba, sino el de una promesa.
-Hemos llegado -dije en un susurro, como si hablar demasiado alto pudie