Me quedé petrificado en medio del comedor, con el vaso de agua aún en la mano y el frío del cristal calándome los huesos. El eco de los pasos de Isabella alejándose era lo único que escuchaba, a pesar del murmullo creciente de los estudiantes. Sentí una punzada de vergüenza tan aguda que me costó respirar. Había fallado. Como profesor, como guía y, sobre todo, como el hombre que pretendía ser.
Liam me soltó el brazo con un gesto de desaprobación que me dolió más que cualquier insulto. Connor, a