La mañana entró por los ventanales del aula de Ética con una claridad que me lastimaba los ojos. No había dormido. Cada vez que cerraba los párpados, sentía el calor de mi propio pecado en la palma de la mano y la imagen de la espalda de Aria grabada en mi retina. Me sentía sucio, un impostor vistiendo el cuello clerical mientras el eco de mis propios gemidos de la noche anterior aún resonaba en las paredes de mi celda.
Cuando ella cruzó la puerta, el aula se quedó en un silencio sepulcral.
Ari