Cinco años en la costa dejan su marca en las cosas. La salitre muerde el hierro, la madera de los postes se aclara hasta tomar ese tono grisáceo tan propio de los acantilados y el viento moldea las copas de los pinos para que apunten siempre hacia la tierra, como si supieran dónde está el refugio. Pero las marcas que el tiempo había dejado en nosotros eran de otra naturaleza. Eran marcas de crecimiento, de raíces profundas y de una solidez que ya nada podía hacer tambalear.
El verano estaba en