El almuerzo se sirvió una sala de madera que daba al jardín. La luz de mediodía atravesaba los ventanales y convertía el polvo en oro suspendido. Dante mandó a decorarlo todo para los invitados. Un tatami impecable, mesas bajas de laca, cuencos de porcelana con una rama de pino pintada a mano; el olor del arroz avinagrado y del pescado curado se mezclaba con la nota ascética del té verde.
Dante entró, impecable, las manos muy limpias y el gesto calculado. A su lado, Svetlana: vestido oscuro sin