El amanecer se abrió como una cuchillada fina sobre la villa. El rocío hacía brillar la grava del patio y, antes de que el primer pájaro cantara, ya había movimiento: puertas que se cerraban sin ruido, radios en susurro, maletas discretas deslizándose como sombras. Rocco supervisaba el corredor norte con la mandíbula apretada; Elías confirmaba por el canal mudo que el perímetro estaba “limpio, pero despierto”.
Dante salió al zaguán con el abrigo al hombro. Había dormido dos horas, si acaso, per