El resto de la villa murmuraba lejos: pasos contenidos, radios apagadas a tiempo, porcelana contra porcelana en bandejas que no se atrevían a tintinear. Allí, en cambio, olía a lino limpio, a piel tibia y a té de jazmín olvidado en la mesita. El reloj del muro respiraba hondo entre cada segundo, como si le costara creer que la noche, al fin, había cedido.
Svetlana entró en la habitación y se sentó en el borde de la cama. Tenía el cabello recogido a medias, con mechones sueltos que le rozaban la