Svetlana estaba de pie junto a la ventana, la espalda recta como un mástil. La luz le dibujaba un perfil duro en la cara. Tenía puesta una chaqueta sobria, las manos aún con el frío del exterior en los nudillos. Cuando habló, su voz no tembló.
—No quiero balaceras ni explosiones —dijo—. No necesito ruido ni espectáculos. Solo quiero a mi hija de vuelta.
Dante, en su butaca, frunció el ceño con la obstinación de quien piensa que la calma es el único antídoto.
—Amor, por favor, piensalo bien. No