La puerta se abrió sin anuncio. Erika, sentada en el alféizar ancho como un banco, giró la cabeza con el ceño fruncido. Esperó. Nadie entró. El pasillo del otro lado respiraba un silencio controlado, ese silencio que no es ausencia, sino disciplina.
Pasaron un par de minutos. El aire olía a madera de hinoki y a té que alguien había dejado enfriar en alguna parte. Erika resbaló de la ventana, dejó que el vestido estilo kimono le lamiera los tobillos y caminó hacia la puerta abierta con prudencia