La puerta se cerró a su espalda. El perfume de Takeshi todavía flotaba en el aire: madera ahumada, cítrico seco, algo terroso. A Erika le subió una oleada de rabia solo por reconocerlo.
Caminó sin rumbo un par de pasos, como midiendo la celda con el cuerpo. La habitación respiraba con la regularidad de un animal dormido: el zumbido tenue del aire, el parpadeo mínimo de un led en el panel de seguridad, el cristal polarizado que devolvía su silueta como una sombra obediente. No fue a la cama. Se