Era casi medianoche cuando Takeshi avanzaba por el pasillo que conducía a su habitación. La casa estaba en silencio, pero él llevaba aún en la piel el ruido de la reunión: voces, miradas medidas, reverencias que eran obediencia o veneno, según se supiera mirar. Había hombres que lo habían llamado Oyabun con verdadera lealtad. Y otros… otros lo habían pronunciado con la boca, pero no con el alma. Lo había visto en sus ojos: duda, resentimiento, la nostalgia cobarde por el viejo orden, por Hitosh