Celia cerró la puerta y caminó hasta donde estaba Leandro. Intentó sonreír, pero la expresión le salió forzada, así que optó por un tono quejumbroso.
—Leandro, ¿qué estaban haciendo ustedes...? Aquí es mi casa.
Tiró del puño de la camisa de Leandro, sus ojos se movían de un lado a otro, buscando pistas en su comportamiento.
Leandro, con un movimiento brusco, la apartó. Se sacudió las mangas de la camisa. Con una mirada de reojo, le dijo:
—¿Tienes derecho a darme órdenes?
—Nosotros... nos vamos a