El hombre, de unos sesenta años, se notaba que cuidaba de su apariencia; no parecía tan viejo. Su rostro tenía rasgos marcados, y se podía ver que de joven había sido atractivo. Sin embargo, las comisuras de sus ojos estaban algo caídas, como si hubiera estado en contacto con el vicio durante mucho tiempo. Llevaba un espeso bigote al estilo de un sheriff, y al ver a Luna, sus ojos se entrecerraron.
Esa mirada era como la de un ave de presa acechando a su presa, lo que hizo que Luna se sintiera i