Mundo ficciónIniciar sesiónDesperté con el martilleo rítmico de la resaca golpeando mis sienes. Los recuerdos de la noche anterior eran fragmentos borrosos: agua tibia, el aroma a sándalo de Keelen y una confesión que me quemaba la garganta solo de recordarla. Estaba en su cama, sola, envuelta en una de sus camisas de seda negra que me llegaba a medio muslo. Sin esperar a que él despertara, me vestí con torpeza, escapando de ese departamento como quien huye de la escena de un crimen. No podía enfrentarlo. No después de haberle suplicado que me enseñara a sentir.
A las diez de la mañana, el aula de Filosofía en la Universidad de Elogsui estaba a reventar. Me senté al fondo, tratando de ser invisible. Keelen entró con su habitual paso firme, dejando un maletín de cuero sobre el escritorio. Lucía impecable, con una camisa gris acero que hacía juego con la frialdad de su mirada.
—Buenos días a todos —dijo, recorriendo el aula con la vista. Sus ojos se detuvieron en los míos un segundo más de lo necesario, pero su rostro fue una máscara de indiferencia—. Hoy analizaremos el concepto del Eros en Platón. La diferencia entre el deseo carnal y la trascendencia del alma.
Durante toda la clase, me trató como a una desconocida. Ni una concesión, ni un gesto que delatara que unas horas antes me había sostenido mientras yo lloraba en su bañera. Esa normalidad me dolía más que su rechazo.
Al terminar la lección, caminé hacia la cafetería del campus, sintiendo el peso de las miradas. Draco estaba allí, sentado en una de las mesas centrales con Petra. Ella se aferraba a su brazo, luciendo una sonrisa triunfal mientras me miraba de arriba abajo con evidente asco.
—Vaya, miren quién decidió salir de su cueva —soltó Petra en voz alta, para que todos la oyeran—. Parece que el vestido de anoche no te sirvió para mucho, Eira. Sigues viéndote... igual.
Draco soltó una carcajada, pero su risa se cortó cuando Theo, el chico de la fiesta, se acercó a mi mesa con una rosa de papel y una sonrisa nerviosa.
—Eira, hola —dijo Theo, ignorando a los demás—. Lamento lo de anoche, el profesor Thalassa se puso un poco... intenso. Pero me gustaría compensarte. ¿Saldrías a cenar conmigo mañana?
El silencio se apoderó de la cafetería. Draco apretó la mandíbula, claramente molesto de que alguien más mostrara interés en la mujer que él acababa de desechar. Yo estaba a punto de responder cuando una sombra imponente se proyectó sobre nosotros.
—Señorita Novak.
La voz de Keelen cortó el aire como un látigo. Estaba de pie detrás de mí, con los brazos cruzados y una expresión de furia contenida que hacía que el ambiente bajara varios grados.
—Profesor... —balbuceé, girándome.
—He revisado su último ensayo sobre la estética clásica y es un desastre absoluto —mintió con una autoridad abrumadora, sin mirar siquiera a Theo o a su hermano—. Su falta de atención en la materia es inaceptable. Acompañeme a mi despacho. Ahora mismo.
—Pero, señor, yo... —intentó intervenir Theo.
—¿He pedido su opinión, señor? —Keelen lo fulminó con la mirada—. Vuelva a sus asuntos. Novak, muévase.
Caminé detrás de él sintiendo el fuego de la vergüenza y la confusión. Draco nos miraba con el ceño fruncido, sospechando algo que no terminaba de entender. En cuanto entramos al despacho de Keelen, él cerró la puerta con llave y se giró hacia mí, acorralándome contra la madera.
—¿Qué crees que estás haciendo, Eira? —rugió, su voz baja y peligrosa.
—¿De qué hablas? Solo iba a responderle a Theo...
—¡No vas a salir con él! —golpeó la puerta con la palma de la mano, justo al lado de mi cabeza—. ¿Es que no tienes memoria? Anoche me confesaste que no sabías nada del placer, que te sentías rota. ¿Y tu solución es irte con un niño que solo quiere presumir que se acostó con la ex de su amigo?
—¡Tú me trataste como a una extraña en clase! —le grité, enfrentándolo—. Salí corriendo de tu casa porque me moría de vergüenza. Me dijiste que eras el amigo de mi padre, que éramos familias... ¿y ahora me reclamas por un chico de la cafetería?
Keelen se acercó tanto que nuestras respiraciones se mezclaron. Su mano subió por mi cuello, sus dedos presionando con una firmeza que me hizo jadear.
—Te traté como a una alumna porque si te miraba como realmente quería, te habría reclamado sobre ese pupitre delante de todos —confesó, sus ojos grises oscurecidos por el deseo—. No confundas mi autocontrol con falta de interés, mi pequeña.
—Me dijiste que Draco tenía razón... —susurré, las lágrimas asomando de nuevo—. Que soy fría.
—Dije que Draco es un idiota. Y voy a demostrarlo —Keelen bajó la mano hacia mi cintura, apretando la carne de mis caderas con una posesividad que me dejó sin aliento—. ¿Quieres saber por qué te llamé al despacho? No es por ningún ensayo. Es porque el trato que hicimos anoche empieza hoy.
—Aquí no, Keelen... alguien puede entrar.
—La puerta tiene llave y mi autoridad en esta universidad es absoluta —dijo, su boca rozando mi oreja—. La primera lección de filosofía, Eira, es que el cuerpo no miente. Tu ex te llamó gorda, yo llamo a esto... perfección. Él te llamó fría, yo voy a hacerte arder tanto que su nombre será solo ceniza.
—¿Qué vas a hacer? —pregunté, sintiendo un calor húmedo nacer entre mis piernas.
—Voy a enseñarte por qué ese chico no es digno de tocarte —respondió él, su mano empezando a subir por el dobladillo de mi falda—. Siéntate en el escritorio, Eira. Vamos a ver cuánto de esa "frialdad" queda después de que yo termine contigo.







