Capitulo 3

El trayecto hacia el departamento de Keelen fue un borrón de luces de neón y el rugido del motor. Yo estaba hundida en el asiento de cuero, con la cabeza dándome vueltas y el sabor amargo del vodka todavía en la lengua. Keelen no dijo una palabra; sus manos apretaban el volante con una tensión que hacía que las venas de sus antebrazos se marcaran bajo la luz de los faros. Cuando llegamos, me guio casi en vilo hasta el ascensor y luego al interior de su refugio: un ático minimalista que olía a él, a éxito y a secretos.

—Estás ardiendo de fiebre y alcohol, Eira —dijo, su voz resonando en el silencio del mármol—. Necesitas reaccionar.

Me llevó directamente al cuarto de baño principal, una estancia amplia revestida de piedra oscura. Sin darme tiempo a protestar, abrió el grifo de la bañera y, antes de que pudiera procesar nada, me sentó en el borde mientras el agua tibia empezaba a caer.

—Keelen, ¿qué haces? —balbuceé, intentando ponerme de pie.

—Cállate, pequeña —respondió él, con una firmeza que no admitía réplicas.

Se metió en la bañera conmigo, ambos con la ropa puesta. El agua comenzó a empapar mi vestido de satén, pegándolo a mi cuerpo como una segunda piel, revelando cada curva, cada bulto, cada gramo de la carne que yo tanto odiaba. El lino de su camisa negra también se volvió traslúcido, pegándose a su torso musculoso. Sentí el calor de sus manos en mis muslos mientras me sostenía para que no me resbalara.

Al verme así, tan expuesta, tan pesada bajo el agua, el dique de mis ojos se rompió. Empecé a llorar, no con delicadeza, sino con hipos que sacudían todo mi cuerpo.

—Mírate, Keelen... mírame —sollocé, golpeando débilmente el agua—. Draco tiene razón. Soy demasiado. Este cuerpo no es para ser amado, es... es un estorbo.

—Eira, detente —gruñó él, sujetando mis muñecas con fuerza pero sin lastimarme.

—¡No! No lo entiendes. Él me dejó porque decía que por mi culpa, por este cuerpo gordo y torpe, yo nunca he podido sentir nada —confesé, la voz rota por la humillación—. Me dijo que por eso nunca he tenido un orgasmo, Keelen. Que soy una mujer defectuosa, fría... que no tengo remedio.

El silencio que siguió fue sepulcral, solo roto por el sonido del agua cayendo. Keelen se quedó inmóvil, su mirada fija en la mía, y por un segundo vi una furia tan pura en sus ojos grises que me dio miedo. Pero luego, su expresión se suavizó hacia algo mucho más peligroso: una determinación absoluta.

—¿Eso te dijo? —preguntó, su voz apenas un susurro cargado de veneno para su hermano—. Ese imbécil no sabría qué hacer con un tesoro aunque lo tuviera entre las manos. Escúchame bien, Eira Novak. Tu cuerpo no es el problema. El problema es que nunca has estado en las manos de un hombre que sepa leer tu piel.

Él se acercó más, su cuerpo mojado presionando contra el mío. El calor que emanaba era irreal.

—Él te llamó fría porque no fue capaz de encender el fuego que llevas dentro. Pero yo sí puedo. Yo te voy a enseñar que cada curva de la que te avergüenzas es un lugar donde el placer puede nacer. Te prometo que, cuando termine contigo, vas a pedirme de rodillas que no me detenga. Vas a conocer cada sensación que ese idiota te negó.

Sus palabras vibraron en mi pecho, encendiendo una chispa de esperanza y deseo que el alcohol solo lograba alimentar. Keelen llevó una mano a mi nuca, sus dedos enredándose en mi cabello mojado, tirando suavemente hacia atrás para que lo mirara. Sus labios estaban a milímetros de los míos, cargados de una promesa que me hizo temblar de anticipación.

—Te voy a reclamar de una forma que hará que el nombre de Draco desaparezca de tu memoria, mi pequeña —susurró, cerrando los ojos mientras se inclinaba para sellar el pacto con un beso.

Pero mi cuerpo, traicionado por el agotamiento y el exceso de alcohol, decidió apagarse en ese preciso instante. El mundo se volvió negro justo cuando sentí el roce de su aliento contra mi boca. Mi cabeza cayó pesadamente sobre su hombro, y lo último que escuché, antes de caer en un sueño profundo y sin sueños, fue su respiración entrecortada y un susurro ronco contra mi oído:

—Duerme ahora, Eira. Porque mañana, las lecciones comienzan... y no tendré piedad contigo.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP