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-Has engordado un poco más hoy, Eira -me susurré a mí misma, con la voz quebrada.
Evite el espejo de cuerpo con mucha destreza era rutina, era un adorno, no queria verme, no queria reconocer todas aquellas voces en mi cabeza. No quería ver la curva de mis muslos rozándose, ni la redondez de mi vientre. En mi mente, las palabras de Petra Petrovic resonaban como un eco
«Esa ropa no te queda, querida, deberías usar algo que esconda... todo eso». Aunque trate de olvidarlas, me obligué a sonreír frente al pequeño espejo del tocador, ensayando la máscara de la chica feliz que todos esperaban ver.
A mis veintidós años, como estudiante de Historia del Arte, sabía apreciar la belleza en las Venus de mármol, pero era incapaz de encontrarla en mi propia piel.
Me puse un vestido floral, lo suficientemente suelto para no sentirme asfixiada, y salí hacia la casa de los Thalassa. Draco me esperaba para una cena especial, o. Crucé las calles empedradas de Elogsui sintiendo que cada mirada de los turistas era un juicio sobre mi peso.
Cuando llegué, el silencio me recibió como un balde de agua fría. No había empleados a la vista. Subí las escaleras hacia la habitación de Draco, con el corazón martilleando contra mis costillas. Al empujar la puerta, el mundo se detuvo.
Draco estaba allí, con las sábanas a medio caer, y sobre él, Petra Petrovic se reía mientras le besaba el cuello. Sus cuerpos, delgados y perfectos perfecto para los estándares que yo tanto odiaba, se entrelazaban con una naturalidad hiriente.
-¡Eira! -Draco se incorporó, pero no hubo arrepentimiento en sus ojos, solo una irritación fría-. ¿Qué haces aquí tan temprano?
-Teníamos... la cena -logré articular, sintiendo que el aire me faltaba.
-Mira, ya que estás aquí, terminemos con esto -dijo él, levantándose sin pudor. Se acercó a mí con esa arrogancia de quien se sabe superior-. Lo nuestro no funciona. Me aburro, Eira. Eres... demasiado. Demasiado cuerpo, demasiada inseguridad, y en la cama eres como un bloque de hielo. Ella me da lo que tú, con tu falta de experiencia y tus complejos, nunca podrías.
Él intentó poner una mano en mi hombro, quizás para fingir un consuelo que no sentía.
-No llores, es patético. Solo acepta que no eres el tipo de mujer que un hombre como yo presume.
No pude más antes que sus dedos rozaran mi piel, me di media vuelta y corrí. Corrí por el pasillo, bajando las escaleras mientras las lágrimas nublaban mi vista y el vestido se enredaba en mis piernas. El dolor en mi pecho no era solo por la traición, era la confirmación de mi mayor miedo: nadie podía desearme. y amarme de verdad.
Al llegar al vestíbulo principal, choqué de frente contra un muro de músculos. Unas manos firmes me sostuvieron por los hombros para evitar que cayera.
-¿Eira? ¿Qué demonios...?
Alcé la vista y me encontré con los ojos grises de Keelen Thalassa. El hermano mayor de Draco, el mejor amigo de mi padre, mi profesor. Su presencia siempre me intimidaba, pero en ese momento, parecía un gigante protector.
-Suéltame, por favor -sollocé, intentando zafarme, pero sus manos no cedieron.
-Estás temblando, pequeña -su voz, profunda y calmada, vibró en el aire-. ¿Qué te ha hecho ese idiota de mi hermano? Lo voy a matar.
-No es nada, Keelen. Solo... quiero irme a casa. Llévame a casa, por favor -le supliqué, escondiendo mi rostro en su pecho. Olía a sándalo, a libros antiguos y a algo masculino que me hizo estremecer a pesar del dolor.
Keelen no hizo preguntas. Me guio hacia su auto, una elegancia que contrastaba con mi desorden emocional. Durante el trayecto, el silencio era denso. Él mantenía una mano sobre el volante y la otra descansando cerca de la palanca de cambios, muy cerca de mi rodilla.
-Sabes que puedes decirme cualquier cosa, Eira -dijo él, rompiendo el silencio mientras entrábamos en la casa de mi padre-. Te he visto crecer. Para tu padre y para mí, sigues siendo esa niña que rescatábamos de los árboles.
Esas palabras, que en otro momento me habrían dado ternura, ahora me quemaron como ácido. Una niña. Eso era yo para él. Mientras tanto, Draco estaba con una mujer de verdad.
-Ya no soy una niña, Keelen -susurré, mirando por la ventana-. Aunque todos me traten como si fuera de cristal o como si no tuviera necesidades.
Él detuvo el auto frente a mi puerta y apagó el motor. Se giró hacia mí, y por primera vez, no me miró como el amigo de mi padre. Sus ojos recorrieron mi rostro, bajando por mi cuello hasta detenerse en el escote de mi vestido, donde mi respiración agitada hacía que mis curvas subieran y bajaran con fuerza.
-Lo sé -respondió él, con una voz que había bajado una octava-. Sé perfectamente que ya no eres una niña, Eira. Pero te ves tan rota que me dan ganas de encerrarte y no dejar que nadie más te toque.
-Draco me dejó porque dice que soy gorda y fría -solté de golpe, sin poder contenerlo más-. Dice que no sé ser mujer. Que no sé... sentir placer.
Keelen apretó el volante hasta que sus nudillos se pusieron blancos. Una tensión eléctrica llenó el pequeño espacio del coche.
-Draco es un estúpido que no sabe apreciar el arte cuando lo tiene delante -dijo, acercándose lentamente a mi rostro-. No sabe nada sobre la pasión, y mucho menos sobre lo que una mujer como tú necesita.
-¿Y tú sí sabes? -le reté, con la valentía que solo da la desesperación.
Él se quedó a milímetros de mis labios. Su aliento cálido rozó mi piel, enviando una descarga eléctrica hasta la punta de mis pies.
-Yo podría enseñarte cosas que harían que te olvidaras incluso de tu propio nombre, mi pequeña Eira. Pero somos Novak y Thalassa. Y tu padre me mataría si supiera lo que estoy pensando en este momento.
Abrió la puerta de mi lado con un movimiento brusco, rompiendo el hechizo.
-Entra en casa. Mañana tenemos clase de Filosofía. No llegues tarde.
Salí del auto mientras lo veía alejarse, supe que algo se había roto para siempre. El dolor seguía ahí, pero ahora, bajo mi piel, había empezado a nacer un hambre nueva. Una que solo el mejor amigo de mi padre parecía capaz de saciar.







