El sol de Elogsui se filtraba por las cortinas de mi habitación, bañando las sábanas de una luz dorada que me hizo parpadear con pereza. Por un momento, olvidé el dolor de la noche anterior, hasta que sentí el peso cálido y reconfortante de un brazo rodeando mi cintura. Me giré lentamente y me encontré con Keelen. Estaba despierto, apoyado en su codo, observándome con una intensidad que me cortó el aliento.
—Buenos días, pequeña —susurró, su voz aún ronca por el sueño—. Te ves mucho mejor hoy.