La calma dentro del coche era tan densa que casi podía tocarla. Yo iba aferrada a la mano de Charles, sintiendo cada latido, cada pequeña respiración, como si tuviera miedo de que se desvaneciera en el aire. A mi lado, mi madre, Evelyn, sostenía mi otra mano con una ternura que rara vez me permitía ver, y don Augusto iba adelante con el chofer, hablando en voz baja sobre la logística del alta. El milagro de Charles vivo nos había unido a todos en un silencio reverente, pero debajo de esa quietu