Charles Schmidt
El tren de aterrizaje del jet privado golpeó la pista con un estruendo sordo, sacudiéndome de mi letargo inducido por el dolor. Miré por la ventanilla. Italia nos recibía envuelta en una oscuridad absoluta, una boca de lobo solo rota por las luces azules y rojas que giraban al final de la pista.
Habían pasado casi nueve horas de vuelo. Nueve horas en las que mi cabeza no había dejado de palpitar, recordándome la bomba de tiempo que llevaba dentro. Nueve horas pensando en si Aid