El precio del rescate
El reloj de pared en el salón marcaba las tres de la madrugada, pero en esta casa nadie dormía. El tiempo se había convertido en una sustancia viscosa y oscura, estirándose hasta el infinito. Yo estaba sentada en el mismo sofá donde Charles me había dejado hace horas, con las manos entrelazadas tan fuerte que los nudillos me dolían, blancos y tensos.
Mi madre, Evelyn, estaba a mi lado. No decía nada, pero su presencia era un calor constante contra mi costado frío. Me pasa