Decidí regresar. No podía interrumpir su felicidad. Mi madre merecía ese momento de paz, ese destello de alegría. Don Augusto siempre ha estado solo; a veces lo había visto con otras mujeres, sí, pero nunca con esta complicidad. Solo esperaba que no estuviera jugando con ella. Mi madre era frágil, y yo no podría soportar verla herida.
Me di la vuelta y caminé de regreso al pasillo de la UCI. Ya no caminaba, me arrastraba. El peso de los secretos familiares se había sumado al peso de la amenaza