La explosión de la granada aturdidora en la entrada principal no fue solo un sonido; fue una onda expansiva que sentí vibrar en los dientes, en los huesos y en el tumor que latía furioso dentro de mi cráneo.
—¡Andiamo! ¡Go, go, go! —gritó el capitán Rossi.
El mundo se convirtió en un borrón de caos controlado. La noche toscana se iluminó con los fogonazos de las armas automáticas. El equipo Alfa de los Carabinieri irrumpió en el patio delantero como una marea negra y letal. Yo iba justo detrás