Di un sorbo largo al vino, saboreando los taninos y la victoria. Me sentía intocable. Estaba en Italia, en una fortaleza. Tenía a Andrés de mi lado, odiando a su padre. Tenía al bastardo de Aiden encerrado bajo tierra como un animal. Tenía el control absoluto.
—Pobres tontos —murmuré, acariciando la pantalla donde aparecía una foto de la policía acordonando la casa de Charles—. Deben estar corriendo como pollos sin cabeza, buscando pistas que no existen. Para cuando me encuentren, si es que me